¿Qué más a una nación atormentada que sufre las siete plagas a la vez?

¿Qué más le puede pasar a este país llamado España?

Ha llegado el cainismo, el sectarismo, el amarillismo; la insolidaridad, el «ya lo dije yo», y el vitriólico cálculo político de «cuanto peor, mejor»

Nuestra trágica inercia corrosiva para explicarlo todo desde los cientos de púlpitos que a modo de tertulias salpican las parrillas de las radios y las televisiones nos han convertido en una turbamulta

¿Qué más le puede pasar a este país?, ¿qué más a una nación atormentada que sufre las siete plagas a la vez?

A la crisis de valores, de respeto a las leyes y los códigos éticos que provocaron la rapiña de los dineros públicos desde los años ochenta se sumó la financiera, la económica, la territorial secesionista y ahora la sanitaria del ébola. ¿Queda algo por llegar?

Cuando empezábamos a levantar cabeza, a enderezar el rumbo con cierto orgullo por lo hecho con el esfuerzo y los sacrificios ímprobos de casi todos; cuando sonreíamos por las lisonjas internacionales que reconocían nuestro resultado; cuando la policía y la Justicia empezaban a detener, enjuiciar y condenar a una ilustre pléyade de mangantes que anidaron en las empresas, en los partidos políticos, en los sindicatos, en las instituciones y en las Administraciones públicas; cuando la economía crecía más que la media europea y el paro descendía con lentitud, nos llega el mazazo del ébola en España. Del primer caso de contagio directo fuera de África.

Y con este martillazo ha llegado el cainismo, el sectarismo, el amarillismo; la insolidaridad, el «ya lo dije yo», y el vitriólico cálculo político de «cuanto peor, mejor».

Ya los malvados gritan sin recato que aquí, a mi tierra, que no traigan a ningún infectado.

Como en los versos de Rubén Darío, ya llega el cortejo de las mareas verdes, de las batas blancas, del «no nos han preparado para esto», del «han recortado en sanidad y estas son las consecuencias», del «no eran adecuados los niveles de protección de los facultativos que atendieron a los dos repatriados con ébola».

Nuestra trágica inercia corrosiva para explicarlo todo desde los cientos de púlpitos que a modo de tertulias salpican las parrillas de las radios y las televisiones nos han convertido en una turbamulta que arrasa todo, que destruye todo, que no edifica nada.

Y la consecuencia de todo esto y de esa mezcla de fatalidad, improvisación, buena voluntad y negligencia en la cadena humana que primero garantizó el traslado y después cuidó y atendió a Miguel Pajares y Manuel García Viejo, es un país, una nación en la picota, alarmada y en shock; primera página en todo el mundo, y con los hoteles, las compañías aéreas y el resto del sector turístico despeñándose en Bolsa, mientras las farmacéuticas ascienden en vertical y preparan su agosto.

España, los españoles, tienen que ganar también esta batalla arrinconando a los agoreros y a los cainitas, y poniéndose de nuevo en pie, aunque cueste, aunque se sufra. Sin miedo.

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