Bokabulario

Edmond Rostand, violado y asesinado

Este fin de semana fui víctima de una estafa. Mi mujer y yo fuimos con otro matrimonio amigo a ver Cyrano de Bergerac y nos encontramos con que un dramaturgo había aprovechado una obra ajena para destrozarla y poner su nombre en ella.

En el Centro Cultural de la Villa representaban Cyrano de Bergerac. Nos bastó el nombre para decidirnos por ella. Y pagamos nuestros 18 euros por cabeza. Algo empecé a maliciarme cuando en un escenario desnudo, salvo por tres paneles transparentes, cuatro actores permanecían de pie mientras por megafonía se repetían unas palabras que no tenían nada que ver con la obra.

Después se apagaron las luces y una de las actrices irrumpió en escena gritando «¡qué tal!» a todo el mundo. Desde luego, no recordaba así el comienzo de Cyrano… ni de la película de Gerard Depardieu. A partir de ahí, el autor de la adaptación se ensañó con una obra genial… y ajena. Su versión, absolutamente detestable, y para compañías pobretonas –cuatro actores y sin decorados-, no perdonó incluso los tópicos de lo políticamente correcto, ya que hubo consignas pacifistas, antimonárquicas y anticlericales.

Julio Salvatierra parece que no ha comprendido que uno de los significados de Cyrano es que se trata de una obra contra los poderosos, pero no sólo los del siglo XVII ni los del XIX, sino contra todos. En nuestra época, se burlaría de los mandarines culturales como él o como El Faro del islam.

Al menos, descubrimos a un gran actor: Álvaro Lavín. Las dos mujeres, Paloma Vidal y Marina Szerezevsky, pegaban tales gritos que resultaban desagradables.

¡Cómo nos gustó en cambio el montaje de Gustavo Pérez Puig en el Teatro Español, despedido por Alberto Ruiz Gallardón para enchufar a Mario Gas, muy vinculado a la concejal Alicia Moreno.

Un indicio de que nuestra época está agotada es la incapacidad de sus creadores para innovar. Los novelistas, cineastas, artistas y actores tratan de escandalizar, pero no con nuevas ideas, como fueron en su tiempo El conde de Montecristo, Las bodas de Fígaro y El gatopardo, sino con los recursos del niño malcriado -pedo, caca, culo, pis- o la usurpación de personajes y tramas creados por los verdaderos genios.

La decadencia artística e intelectual lleva a que lo fácil, lo sencillo, lo aburguesado –lo subvencionable- sea sacar a una vieja desnuda insultando en escena. Entonces, lo escandaloso es, por ejemplo, declararse católico. Hoy, burlarse del poder político o económico no produce riesgos, pero sí caricaturizar a Mahoma.

¿Queréis escandalizar de verdad, titiriteros? Pues podéis inspiraros en el testimonio y las obras de Benedicto XVI y Oriana Fallaci, aunque ya sé que no tenéis ni agallas ni neuronas.

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Autor

Pedro F. Barbadillo

Es un intelectual que desde siempre ha querido formar parte del mundo de la comunicación y a él ha dedicado su vida profesional y parte de su vida privada.

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