Que un partido político esgrima como promesa esencial de su campaña electoral una ley que garantice el uso y aprendizaje de la lengua oficial del Estado en el sistema educativo y en el territorio de dicho Estado pudiera ser percibido como una monumental perogrullada, una broma y hasta un disparate.
Pero resulta que en España nadie se lo toma a tal. Porque lo no lo es en absoluto. Resulta que el verdadero esperpento es que pueda entenderse como necesaria tal ley porque en verdad y en los hechos resulta que los españoles deben ser los únicos ciudadanos del mundo que en su país no tienen derecho a utilizar su idioma común.
La genuflexión a las imposiciones nacionalistas ha sido tal que hoy el art 3.1 de la Constitución Española, claro y preciso: “El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla”, resulta el papel más mojado de todas nuestras leyes. En muchos territorios ese derecho ciudadano ha sido arrasado de manera absoluta, en otras se camina hacia ese empeño y , en todas encima, se señala desde los poderes gubernativos centrales que lo permiten que a que viene tanto enfado, que “no pasa nada”.
Se niega la evidencia de que a los ciudadanos se le haya extirpado tal derecho a pesar de que esta sea continua y cotidiana y cada vez más agresiva en centros de enseñanza, en la totalidad de la administración , en los altavoces de los trenes , en la radio, en la tele y a la hora de solicitar un puesto de trabajo de barrendero.
Nadie niega hoy el derecho y la cualidad , también constitucionalmente reconocidos de que otras leguas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas, nadie se opone a esa riqueza, nadie lo malinterpreta. Pero lo que se está intentando y consiguiendo a pasos agigantados no es la convivencia armónica de ambos derechos, sino el exterminio de uno de ellos, su destierro, su postergación y su erradicación . Pero eso si, dando de continuo fuertes voces, de que nada de ello, aunque lo tengamos a un palmo de las narices, se está haciendo. O sea que se prohíbe, se desarraiga , se impide y se impone pero negándolo y rechazando sorprendidos cuando alguien señala la herida, la violación de un derecho , la agresión que no cesa. A la victima, el castellano, llamado español en el conjunto de los 400 millones que así se expresan en el mundo, se le niega pues hasta el derecho de quejarse cuando lo atacan, lo oprimen, lo prohíben y lo intentan arrancar a cuajo.
P.D. Preguntan si me toca en Telemadrid. Pues si, voy esta noche. Luego comentamos.
