Bokabulario

400 años de la expulsión de los moriscos

En septiembre de 1609, las autoridades reales españolas procedieron a la expulsión de los moriscos del reino de Valencia. Acaba de cumplirse, por tanto, el CD aniversario del hecho y, para mi sorpresa, el aparato propagandístico y masoquista expañol no lo ha recordado. Os dejo una reseña del espléndido libro Expulsión y diáspora de los moriscos españoles (2004), escrito por Gregorio Marañón, uno de los libros más subrayados de mi biblioteca.

Como explica Marañón, «los españoles y los moros» formaban dos pueblos distintos («los moriscos (…) eran, en realidad, tan moros como los de África»). En los siglos XII y XIII se produjo un gran avance en la Reconquista, hasta el punto de que quedó como territorio musulmán únicamente el emirato de Granada, convertido en vasallo de Castilla. En él se refugiaron casi todos los árabes que seguían en el resto de la Península. El emirato se independizó en la guerra civil que siguió al reinado de Alfonso X y rechazó todas las ofertas de los reyes cristianos de recuperar el vasallaje. En 1480, el emir prefirió la guerra y ésta concluyó en 1492. Entonces, a los Reyes Católicos se les presentó el problema de qué hacer con una extensa población (unas 300.000 personas) de «raza extraña», con la que «no había (…) posibilidad de convivir».

Según el doctor Marañón, las autoridades debieron haber procedido a la expulsión de los moriscos no conversos cuanto antes a fin de eliminar un cuerpo extraño y peligroso en el interior de España: «La Reconquista no se terminó hasta Felipe III». Y añade que lo censurable en los Reyes Católicos es que no la hubieran ejecutado ellos. Tampoco Carlos I y Felipe II lo hicieron. ¿Por qué? Pues por fidelidad al mandato de Cristo de amar al enemigo. Los reyes y los obispos deseaban convertir a los moriscos («quimérica esperanza»). La expulsión se efectuó cuando quedó claro que «eran un peligro para la nación, debilitada por sus colosales empresas universales».

La participación de los moriscos, repartidos por toda España después de la rebelión de las Alpujarras, en conspiraciones con los enemigos de la patria es cierta. El tráfico de espías entre las comunidades moriscas y Argel, Estambul y París era constante. Muchos moriscos ayudaban a los piratas berberiscos a asolar el Levante español. Pero la conjura más peligrosa, descrita por Marañón, se produjo entre el rey francés Enrique IV (seguramente instigado por Antonio Pérez), el sultán y los protestantes suizos. La señal del ataque se daría el Jueves Santo de 1605 en Valencia, que sería ocupada por los moriscos de la región y por franceses venidos en barco. A continuación se sublevarían los moriscos de Castilla y Aragón y un ejército francés cruzaría los Pirineos en dirección a Pamplona. El plan se desbarató gracias a dos denuncias: la de un morisco valenciano converso y la del rey inglés Jacobo I, a quien el francés había propuesto participar en la destrucción de España.

Por tanto «la expulsión de los moriscos fue un acto político justificado y no capricho de un rey fanático y de sus consejeros». Además, los otros reyes europeos actuaron de la misma manera, pero con más crueldad. Francisco I, cuando estuvo prisionero del César Carlos, le dijo a éste que debía echarlos. Los moriscos que se refugiaron en Francia fueron asimilados o desterrados por la fuerza. Y en el norte de África los alarbes los desvalijaban y mataban.

Los cultivadores de la leyenda negra insisten en que la marcha de los moriscos fue un desastre para la economía española, pero Marañón lo refuta. Las causas de la decadencia venían de antes. La principal era «la mal cosida unidad del Estado», seguían la despoblación y la aridez del suelo,la demografía creciente de los moriscos… y el peso de unas empresas descomunales: guerras por todo el mundo, la colonización de las Indias, etcétera. El gran ensayista reproduce diversos testimonios en los que queda claro que una parte considerable de los moriscos eran vagos y que las técnicas de cultivo venían de antiguo. Hubo casos en que la expulsión causó daños enormes, como la ciudad de Pastrana, donde vivían cientos de familias moriscas dedicadas a la cría del gusano de seda.

De Expulsión y diáspora de los moriscos españoles hay varias ideas que se repiten hoy. Una es el egoísmo de las clases altas cuando pueden disponer de mano de obra barata y dócil; los señores y los monasterios que tenían moriscos a su servicio los protegían de los mandatos reales y los deseos populares. Otra es que «las minorías oprimidas lo son por su pretensión de ser parásitas, es decir, de vivir aisladas dentro del Estado que las sustenta». Y la tercera es que la tolerancia religiosa está supeditada a la integridad del Estado.

CODA: Gonzalo Anes, director de la Real Academia de la Historia,

rebatió la idea de que la expulsión de los moriscos supusiera una gran pérdida económica para España, pérdida que estaría en la base de una decadencia que él también negó. Ese tópico, explicó, nace de los arbitristas del siglo XVII, que no tenían datos estadísticos fiables y fue recogido por los ilustrados, interesados en presentar aquel siglo como decadente.

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Autor

Pedro F. Barbadillo

Es un intelectual que desde siempre ha querido formar parte del mundo de la comunicación y a él ha dedicado su vida profesional y parte de su vida privada.

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