La verdadera patria de muchos políticos es su partido. Y en algunos casos su patrimonio. Pueden saltar ante la afirmación como si les hubiera picado una avispa y echarle la culpa de la imagen a las tinieblas exteriores que conspirativamente agita contra ellos la prensa. Pero no es apenas necesario en este caso el aporte de la “canallesca”. Ellos se bastan y se sobran para transmitir esa sensación al ciudadano.
Pero es que además y a cada paso, dan una prueba de que de invento nada: que es la pura y simple verdad y que si les llaman “casta” es porque como tal se comportan y gozan de sus privilegios.
Quizás suponen que de repetir una conducta aberrante supone “normalizarla” y que al ser recurrente haya de tomarse por buena. Y no . La conducta podrá ser reiterada y habitual pero eso no significa que se convierta en aceptable. Y es inaceptable el anteponer los intereses partidistas a los intereses ciudadanos, olvidar que no son otra cosa que representantes de esos ciudadanos que los votan y nunca sus “amos”, haber degradado, o elevado según se mire, esa representación popular a la categoría de “profesión de por vida”. A algunos y a lo mejor a bastantes nos parece que en ello más que en otra cosa residen las causas del creciente descrédito de la política y de los políticos.
Los ejemplos y el desparpajo por no decir la desvergüenza se dan a cada instante y en alguna ocasión el grado de cinismo alcanza la “mayoría absoluta”. Sin ir mas lejos la pasada semana dos partidos que con sus votos salvaron al Gobierno y a su subida del IVA declararon con total burla a cualquier principio ético que a ellos les parecía que la subida muy mal y de efectos perniciosos para la sociedad, pero que la votaban porque sus partidos tenían un acuerdo con el PSOE . Y ¡claro! Era fieles y alardeaban de esa fidelidad a esos enjuagues antes que a su conciencia y sus ideas. Fueron PNV y CC.
Pero es tan sólo un gota en un vaso desbordado. En todos cuecen habas y las cuecen de manera generalizada. No es cosa de excepción. Es conducta habitual. Y esa conducta es de la que los ciudadanos, o al menos los que se han quitado la antojera de la adhesión inquebrantable, condenan y vituperan. Con razón y sin necesidad de intermediarios.
