JUAN MANUEL DE PRADA

«Uno tie­ne la im­pre­sión de que la mo­nar­quía, en Es­pa­ña y fue­ra de Es­pa­ña, se mue­re»

"Uno tie­ne la im­pre­sión de que la mo­nar­quía, en Es­pa­ña y fue­ra de Es­pa­ña, se mue­re"
Juan Manuel de Prada

Este sábado 1 febrero 2014 Juan Manuel de Prada titula ‘La rampa’ su columna en el diario ABC:

En es­te em­pe­ño por ver a la In­fan­ta ba­jan­do la ram­pa de los juz­ga­dos uno só­lo des­cu­bre aque­lla in­qui­na del po­pu­la­cho que se con­gre­ga­ba, allá por los años del Te­rror, en la pla­za de la Re­vo­lu­ción (hoy lla­ma­da sar­cás­ti­ca­men­te de la Con­cor­dia), pa­ra ver co­mo gui­llo­ti­na­ban a los no­bles; y que, cuan­do se des­pis­ta­ba, gri­ta­ba des­pe­cha­do:

–¡Otra vez! ¡Que­re­mos ver­lo otra vez! ¡Que lo re­pi­tan!

Añade:

Es­cri­bía Víc­tor Hu­go que el po­pu­la­cho es un ser «su­mi­do en un es­ta­do de ig­no­ran­cia pri­ma­ria, de in­ma­du­rez mo­ral e in­te­lec­tual, del que se pue­de de­cir, co­mo del ni­ño: esa edad im­pía». Ha­ce Víc­tor Hu­go es­ta re­fle­xión en aquel pa­sa­je de Nues­tra Se­ño­ra de Pa­rís en el que Qua­si­mo­do es fla­ge­la­do y ex­pues­to pú­bli­ca­men­te, pa­ra que la chus­ma lo ape­dree de espu­tos, in­ju­rias y abu­cheos. El mis­mo pa­pel que la pi­co­ta desem­pe­ña­ba en la no­ve­la de Víc­tor Hu­go lo desem­pe­ña ho­ga­ño la cé­le­bre ram­pa, has­ta la cual el po­pu­la­cho ya ni si­quie­ra tie­ne que des­pla­zar­se, por­que la te­le­vi­sión se la lle­va a ca­sa (y le per­mi­te ver las ba­ja­das cuan­tas ve­ces desee). Así, sen­ta­di­to en su bu­ta­ca de cre­to­na, el po­pu­la­cho de nues­tro tiem­po pue­de echar de co­mer al ni­ño im­pío que le anida en las en­tra­ñas, sin ne­ce­si­dad de gar­ga­jear has­ta que­dar­se sin sa­li­va ni de au­llar has­ta que­dar­se afó­ni­co; por­que vi­vi­mos en una épo­ca muy ci­vi­li­za­da en que las ba­jas pa­sio­nes se re­fu­gian en la in­ti­mi­dad del ho­gar, a di­fe­ren­cia de aque­llas épo­cas bár­ba­ras que las con­gre­ga­ba an­te una pi­co­ta o una gui­llo­ti­na.

Y finaliza:

El sue­ño de to­do go­ber­nan­te de­seo­so de aquie­tar el re­sen­ti­mien­to ha si­do go­ber­nar una Es­pa­ña don­de hu­bie­se un co­che por ca­da ca­sa; pe­ro, una vez lo­gra­do ese sue­ño de­mo­crá­ti­co, des­cu­bri­mos que el po­pu­la­cho no se con­for­ma con te­ner co­che, sino que ade­más quie­re ver a la hi­ja del rey ba­jan­do a pie una ram­pa, pa­ra po­der in­cre­par­la. Uno tie­ne la im­pre­sión de que la mo­nar­quía, en Es­pa­ña y fue­ra de Es­pa­ña, se mue­re, co­mo aquel rey Ro­dri­go del ro­man­ce, «por do más pe­ca­do ha­bía»; es­to es, por la ob­se­sión de­mo­crá­ti­ca, fuen­te de su gran des­di­cha. 

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