Antonio Casado

La ratonera de Gaza

En declaraciones a la BBC el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, se justificaba hace unos días con una pregunta ante el periodista por la invasión terrestre de la franja de Gaza, que ya ha causado unos seiscientos muertos: ¿Qué haría usted si su vecino le estuviera atacando todo el rato, poniendo en peligro su vida y las vidas de sus familiares? La respuesta está a la vista de todo el mundo. Conocemos de sobra la reacción de Israel cuando es hostigado por las milicias de Hamas. La respuesta está siendo televisada y se parece mucho a una masacre.

Al periodista británico le faltó en ese momento devolverle la pregunta: ¿Qué haría usted, señor Netanyahu, si viviera en un país acorralado, alambrado, encarcelado como un enorme Guantánamo junto al mar, bloqueado por un vecino poderoso con su bota militar puesta sobre unos angustiados habitantes a los que se prohíbe circular y salir libremente de esas cuatro paredes, a los que no se permite abastecerse de bienes y servicios de primera necesidad, no vaya a ser que los conviertan en armas para llevar a cabo acciones terroristas y el cabreo del vecino vuelva a convertir el territorio en un cementerio de hombres, mujeres y niños abatidos indiscriminadamente, so pretexto de practicar la caza del perverso terrorista?

La respuesta es de sentido comían. Al menos se le ocurriría hacer túneles clandestinos para salir de la ratonera a buscarse la vida y dar de comer a su familia. Eso, por un lado. Por otro, con idea de dotarse de lo necesario en prevención de los malos humores del vecino. Lo necesario dentro de las escasísimas posibilidades al alcance de los pobladores de Gaza, so pena de no poder mirarse a la cara si la alternativa es poner la otra mejilla.

Sin embargo, el argumento de la legítima defensa siempre cae del lado israelí, en base al consabido derecho a vivir dentro de unas fronteras seguras. Es un insulto a la inteligencia hacernos creer que la legítima defensa consiste en bombardear a la población civil y destruir cientos de hogares familiares. El derecho a defenderse, que nadie le niega a Israel, tiene sus límites en el uso proporcionado de la fuerza militar y el respeto a los derechos humanos. Desgraciadamente han vuelto a quedar desbordados en la invasión terrestre del Ejército israelí.

El otro argumento a favor de la posición del Gobierno de Israel es su naturaleza democrática. Lo que pasa es que la democracia no solo consiste en votar cada cuatro años y adherirse formalmente a una serie de valores. Hay que aplicarlos en la práctica moviéndose entre dos coordinadas clásicas: legalidad y moralidad. Uno tiene la amarga sensación de que el Gobierno del señor Netanyahu se las ha vuelto a pasar por el arco del triunfo.

Y así seguirá siendo mientras la comunidad internacional no le pare los pies. Justamente por tratarse de un Estado democrático hay que exigirle lo que ni nos molestamos en exigir a los fundamentalistas sunitas que inspiran el movimiento de Hamas, hegemónico en el enclave palestino de Gaza.

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