Choque de trenes

El drama de Cataluña es que una locomotora lleva en cabina a un conductor mesiánico y suicida

El drama de Cataluña es que una locomotora lleva en cabina a un conductor mesiánico y suicida
Artur Mas. CT

Como es, supongo, mi obligación profesional, al igual que otros muchos colegas, he procurado estos días hablar con representantes de todos los intereses en conflicto en la crisis catalana.

En todos ellos, todos, he escuchado hablar de la posibilidad, presentada de manera más o menos remota, de que se produzca un ‘choque de trenes’ cuando, tal y como están las cosas, unos saquen las urnas a la calle el próximo 9 de noviembre, mientras otros tendrán que tratar de impedirlo a toda costa.

Figuro entre quienes creen que no habrá referéndum, pero también entre los muchos que se temen que, o se hace algo aprisa -faltan siete semanas para el ‘día n’- o, efectivamente, el choque será, dada la insensatez con la que se comportan algunas de las partes en pugna, brutal.

Mal asunto para la ‘marca España’, que remonta de la mano de una cierta recuperación económica y con un nuevo Rey omnipresente. Mal asunto, desde luego, para otras muchas cosas aún más importantes que esa ‘marca’.

La Diada es una expresión popular que va más allá de la simplificación ‘independencia sí-independencia no’, aunque algo tenga que ver con ello. Este año, dejémonos de paños calientes, ha sido un éxito.

De organización, de asistencia y de civismo. El propio Gobierno central, por boca de la inteligente Soraya Sáenz de Santamaría, ha evitado la tentación de minimizar esa ‘V’ que colapsó, el pasado jueves, Barcelona, taponando de paso algunas expectativas de acercamiento entre la Generalitat y La Moncloa.

Así, el discurso oficial tras la Diada sigue siendo el de ‘referéndum sí o sí’, frente al ‘no habrá referéndum, porque es ilegal’, mientras los medios de uno y otro lado argumentan como pueden en defensa o en detrimento de las dos locomotoras, que, cada vez a mayor velocidad, se acercan la una a la otra.

Soy de la opinión de que van a pasar, en estas siete semanas de agonía, muchas cosas. Algunas, espero, buenas. Otras, no necesariamente relacionadas directamente con Cataluña, no tanto.

Ahí está Luis de Guindos, a quien cada vez le ponen más lejana en el tiempo la presidencia del Eurgrupo -lo cual, ay, sitúa a cada vez mayor distancia una posible crisis de Gobierno-, advirtiendo, para echar un poco de hielo al calor de la recuperación, de una posible tercera recesión en Europa. Lo que ocurre es, queramos o no, Cataluña se ha convertido en el gran referente, la gran obsesión, el gran temor.

¿Que mejora la economía? Bueno para las tesis unionistas. ¿Que gana el ‘no’ en esa Escocia de la que, por estos pagos, nunca se habló tanto? Uno a cero de la selección nacional frente a la catalana.

¿Que Ana Botella abre, con el anuncio de que no se presentará a la reelección, la ‘guerra de Madrid’, larvada desde hace tanto tiempo?

Un pretexto más para que el nacionalismo afirme que ‘en Madrid’ solo se piensa ya en las próximas elecciones municipales y autonómicas.

Esta ha sido, me temo, la tónica de una semana marcada por la Diada y por la muerte del más importante banquero español de todos los tiempos, Emilio Botín. Una muerte lacónicamente anunciada, con inmediata sucesora.

Me hubiera gustado algo menos de sobriedad en el anuncio oficial del inesperado fallecimiento, pero entiendo el respeto a una intimidad buscada sin concesiones a morbo alguno; en todo caso, el relevo, hay que reconocerlo, ha estado impecablemente organizado.

Como lo estuvo el del otro gran superviviente de épocas pretéritas, el Rey Juan Carlos I, afortunadamente vivo, pero ya retirado en la discreción y la penumbra más o menos llena de rumores incontrolables y posiblemente falsos.

Quiero decir que hay operaciones de gran alcance en el mundo de la economía y en el Estado, anunciadoras de la nueva era, que pueden pergeñarse desde la serenidad, sin alharacas ni alaridos, sin traumas para la ciudadanía.

¿Por qué no ahora, con el ‘caso catalán’? Sospecho que hay conatos de ‘operaciones’, ‘maniobras orquestales en la oscuridad’, tras algunas de las cosas que vamos descubriendo que ocurren u ocurrieron en el subsuelo catalán. Pero quisiera saber que el fin de la aparente inmovilidad va más allá de que el fiscal general del Estado tenga preparados recursos y medidas legales de choque.

Porque, hablando de choques, faltan, ya digo, siete semanas para que se avisten, circulando por la misma vía, dos trenes, uno de ellos con un conductor suicida, mesiánico, en la cabina.

En esos trenes, no nos engañemos, en el uno o en el otro, lo digo sin el menor ánimo apocalíptico, viajamos todos nosotros.

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