"No entiendo cómo no se mueren de vergüenza"

España, Cataluña, el ‘suicidio’ de Artur Mas y el derecho a decidir

Tiene que aclararse inmediatamente la incógnita del 9-N para que sepamos en qué momento los Gobiernos de España y de la Generalitat se ponen a trabajar conjuntamente y cortan de raíz esta huída vertiginosa hacia la catástrofe, que está siendo el escándalo de España y del mundo.

Todos sabemos que no habrá consulta legal ese día de dentro de cuatro semanas, pero nos falta saber por qué cosa va a ser sustituida, si por el caos o por la razonable mesa redonda en torno a la necesidad de inmediata reforma de la Constitución que nos conduzca al reencuentro del camino democrático que nunca debió abandonarse por unos y por otros.

No entiendo cómo no se mueren de vergüenza esos unos y otros tras dos años de batalla imbécil y descerebrada, tras esa guerra de desgaste suicida al parecer con la compartida querencia de destrozar una convivencia de quinientos años de duración.

No voy a repetir ahora las culpas de los unos -secesionismo autodestructivo frente a toda lógica- y de los otros -ceguera de la derecha ultramontana en sus ofensas a Cataluña- en esa suerte de conjura antihistórica y antinatural para pasar una apisonadora sobre la ilusión y las convicciones de una inmensa mayoría.

No voy a repetirlo ahora. Solo quiero hacer una llamada general, en nombre al menos de los que llevamos décadas luchando por la mayor democracia territorial dentro de un Estado de cinco siglos de vida, para que los dos bandos depongan su desgraciada actitud y nos pidan perdón por esa carrera aberrante sin meta ni salida con la que nos están atormentando durante demasiado tiempo ya.

Si rectifican, yo estoy dispuesto a perdonarles y sé que conmigo millones de españoles, incluidos tantos y tantos catalanes. Incluso estoy dispuesto a perdonar aunque no pidan perdón pero sí depongan su actitud guerrera.

Está muy bien lo del derecho a decidir si ese derecho se hace extensivo a los 46 millones de españoles, ninguno de los cuales puede ser despojado del mismo. Eso es lo auténticamente democrático, porque a ver quién me explica por qué tan trascendental asunto, que afecta a los 46 millones de ciudadanos, podría ser decidido por unos cuantos de tales millones.

A no ser que alguien haya encontrado la cuadratura del círculo, al que rogaría me la transmitiera.

 

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