Se las arregló para alternar con los capitostes del Régimen

Nicolás: El mocito feliz del PP

Nicolás: El mocito feliz del PP
Nicolás, el impostor, en la final de la Copa de Fútbol. PD

No se sabe, de momento, de qué Caja B sacaba el «pequeño Nicolás» el dinero para sus gastos de representación, que no eran pocos, pero sí se va sabiendo, a tenor de las pesquisas del juez Ruz, cual era la que surtía a la cúpula del Partido Popular: aquellas cuyas oscuras entradas y salidas registró meticulosamente durante años el tesorero del partido, Luis Bárcenas.

El «pequeño Nicolás», esa especie de Mocito Feliz del PP, se las arregló para alternar con los capitostes del Régimen, pero, sobre todo, para vivir como un bajá, o sea, como los dichos capitostes.

Cara de matarse a trabajar no tiene la criatura, luego de algún sitio, de alguna Contabilidad B, o de algún Estado B, tenían que salir sus cochazos, sus escoltas, su chalet de 700 metros cuadrados, su matrícula en la Universidad privada más cara, en fin, todo lo que su pequeñez alucinada debió creer grande.

Lamentablemente, su corta edad le impidió conocer los buenos tiempos de la Caja B del PP, su partido, pues seguro que no le habría hecho ascos a ese cuerno de la abundancia que con tanta longanimidad y munificencia repartía los «donativos» recibidos entre sus, al parecer, necesitados dirigentes.

Pero no parece que el chico actuara por dinero, o no sólo por dinero, sino arrastrado, invitado, por el caos y el descontrol que se ha instaurado en España, y que el PP, quién mejor que él, gobierna.

De sus entrañas, sus pasillos, sus eventos, sus nuevas generaciones, sus faes, diríase que salió el chiquillo ya curtido, pese a sus pocos años, en los arcanos del sindiós institucional.

En un país normal, con un gobierno normal, o sea, en un país A, con un gobierno A, el mocito no habría podido dar satisfacción a su alma aventurera, pero aquí, donde lo noble se persigue, lo honrado se castiga, lo anómalo rige y lo indecente se premia, halló el espacio infinito y libre que pedía su instinto soñador.

El «pequeño Nicolás» contó, también hay que decirlo, con una gran ventaja: su cara de nada, pues el pollo no tiene cara de nada, o, cuando menos, de nada que pueda decirse sin incurrir en la ofensa. Pero con esa cara y todo, sin el caos no habría hecho nada.

 

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