JUAN M. BLANCO

«Forzaron la abdicación del desacreditado Juan Carlos por la puerta de atrás, sin depurar responsabilidades»

"Forzaron la abdicación del desacreditado Juan Carlos por la puerta de atrás, sin depurar responsabilidades"
Juan M. Blanco

Este 5 de noviembre de 2014 escribe Juan M. Blanco en Vozpópuli una columna titulada ‘Rajoy , se acabó el tiempo’ en la que arranca diciendo:

Cuando Mariano Rajoy ganó las elecciones, en noviembre de 2011, muchos observadores albergaban el convencimiento, o la optimista creencia, de que su gobierno emprendería urgentemente una escalofriante carrera de obstáculos, acometería al instante esas imprescindibles reformas en un momento crítico de la historia de España. Había que desandar el camino, restaurar la separación de poderes, los controles, los órganos independientes, la fiabilidad de las instituciones. Por supuesto, el presidente no lo haría por convicción. Tampoco por principios. Mucho menos por generosidad, filantropía o patriotismo. Abordaría la regeneración por absoluta necesidad, por un mero instinto de supervivencia del sistema. Porque a la fuerza, ahorcan.

Y añade que:

Como sucedáneo, probaron medidas cosméticas, más bien de imagen, para impresionar a la galería. Una tentativa de curar el cáncer con una aspirina. Forzaron la abdicación del desacreditado Juan Carlos por la puerta de atrás, con un halo de misterio, sin depurar responsabilidad alguna. No resulta difícil torcer la voluntad de quien guarda tantos cadáveres en el armario. Eso sí, el abdicado dejaba el trono conservando el título de rey y disfrutando de una implícita ley de punto final. No se investigarían negocios, comisiones u origen de la fortuna. Ni se establecería un plan para restituir parte de los fondos, para aliviar la enorme deuda que pesa sobre los contribuyentes.

Y concluye que:

En lugar de estadistas, surgieron líderes miopes, políticos profesionales carentes de ideas elevadas, centrados exclusivamente en el mantenimiento de sus privilegios. Una pandilla refractaria a cualquier cambio que lesionara su influencia e ingresos. Un grupo que implantó una política que primaba la imagen sobre la sustancia, la palabrería sobre los fundamentos. Nadie reparó en que la adecuada selección de las élites gobernantes es un mecanismo fundamental, un proceso tan crucial que su descuido resulta suicida para cualquier país. Pero ya lo señaló Galdós: «no hay cosa, por desatinada que sea, que no pueda ser verdad en España».

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