Fernando Jauregui

Podemos o no podemos, esa es la cuestión.

Hay quien nos acusa, a columnistas y tertulianos, de estar continuamente hablando de ‘Podemos’, para bien o para mal, alimentando la popularidad de este partido. ¿Cómo evitar, en un comentario político, referirse al fenómeno ‘Podemos’, cuando esta formación, que ni siquiera lo es aún formalmente, arrasa en las encuestas? No figuro entre quienes creen, o dicen que creen, que el Centro de Investigaciones Sociológicas ha ‘cocinado’ su encuesta para preterir al partido de Pablo Iglesias, que es el primero en intención de voto directa, colocándolo, merced a la estimación y ponderación del voto, por detrás del PP y del PSOE. Conozco la probidad y la experiencia técnica del personal responsable actualmente del CIS y me inclino a pensar que quienes hablan de ‘cocina barriendo para casa’ lo hacen desde el interés partidario, desde el sensacionalismo o desde la ignorancia.

Lo lógico y natural es que el PP siga siendo el primer partido en intención de voto, aunque lógico y natural sea también que vaya poco a poco despeñándose: no lo está haciendo bien. También resulta normal que el PSOE siga en segundo lugar, aunque ascendiendo algo por el ‘efecto Pedro Sánchez’, que existe y está, ya se ve, resultando benéfico pese a todo… Y a todos los que, en el propio Partido Socialista, ponen palos en las ruedas. Lo que no es ni normal, ni lógico, aunque acaso sí sea natural, es el ascenso vertiginoso de una formación como ‘Podemos’, que hace un año no existía más allá de las apariciones televisivas del profesor universitario que hoy la anima.

Y digo que es ‘natural’, porque no puede extrañarnos que irrumpan nuevas formas y fórmulas políticas en el desolador panorama que nuestros representantes han venido diseñándonos y presentándonos hasta ahora. Sería suicida desconocer la voz de las encuestas, desestimándolas a base de decir que el verdadero sondeo está en las urnas. Sería absurdo desconocer que el bajísimo índice de popularidad del presidente del Gobierno, situado en la estimación de los encuestados al final de la tabla, incluso por debajo de líderes como el dirigente de Izquierda Unida, tiene un significado profundo y un alcance tal que debería hacer al PP replantearse quién debería encabezar su candidatura ante las próximas elecciones generales si Mariano Rajoy se muestra incapaz de dar un giro a sus formas de hacer política y de comunicarlas a los ciudadanos.

Ya sé que no se debe gobernar utilizando las encuestas como base de actuación. Pero tampoco se puede hacerlo desconociendo los estados de opinión de la gente de la calle. Se equivoca Mariano Rajoy aferrándose a la mejora de los datos macroeconómicos para justificar toda su actuación o su falta de ella. Es cierto que la opinión pública es una veleta, pero, para que cambie de dirección, tiene que soplar el viento. Y desde La Moncloa nos llega apenas una sensación de calma chicha.

Que nadie me malinterprete: tengo el mayor de los respetos por Mariano Rajoy, y creo que ha acertado en muchas de las cosas que ha llevado a cabo en estos casi tres años de Legislatura. Pero resulta evidente que se encuentra en un período de escasa creatividad política, por decirlo de un modo suave. Y los problemas del país arrecian, y ahí está, entre otros y sobre otros, ese desafío del próximo domingo para demostrarlo. Las encuestas, que ya sé que no son dogma de ley, pasan factura a las actitudes poco simpáticas, de lejanía, de falta de acción o de coraje. Rajoy, y quienes tanto le elogian y tan mal le aconsejan, han de iniciar una urgente reflexión: han de pensar que ‘así no podemos seguir gobernando’. Porque esa es la cuestión: ¿podemos o no podemos?

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