FERNANDO JAUREGUI

«Mas está más solo que antes de tener la compañía de dos millones doscientos y pico mil votos»

"Mas está más solo que antes de tener la compañía de dos millones doscientos y pico mil votos"
Fernando Jáuregui.

Claro que en los cenáculos políticos madrileños, y no solo madrileños, ha caído como una bomba lo ocurrido este nueve de noviembre. Que dos millones doscientas cincuenta mil personas acudiesen a las urnas de cartón para votar, en un ochenta por ciento, según los recuentos sin garantías, un doble ‘sí’ a la independencia de Cataluña, no puede ser considerado como un hecho intrascendente por su falta de justificación jurídica ni por sus muchos defectos formales. Ni puede quedarse en la sensación de un mero desafío ‘propagandístico’ al que hay que responder con leyes, tribunales, jueces, fiscales y hasta policías. Tampoco es un plebiscito a favor de Artur Mas, por mucho que él parezca pensarlo, y menos aún a favor de Oriol Junqueras, por mucho que él quisiera aparentarlo. Actuar conforme a todos esos planteamientos sería una equivocación. Algunos ya han empezado, a mi juicio, a equivocarse.

Que no: que ha llegado el momento de encerrar a fiscales, magistrados e intérpretes de las leyes ‘a favor de parte’. Ha llegado igualmente el momento de abandonar posiciones de chulería y los desplantes, con perdón, toreros, del tipo ‘ahora, que me persigan los tribunales por lo que he hecho’. Déjense ambas partes de jugar con el fuego de las represalias versus el tradicional victimismo: es la hora de normalizar las relaciones ‘entre Barcelona y Madrid’, de pacificar las tensiones familiares y entre amigos que este ‘juego’ del ‘referéndum que no fue’ ha causado en la sociedad civil catalana. Es la hora del diálogo y no del requerimiento jurídico; ni siquiera es la hora del palo y la zanahoria. Es, en suma, la hora de hacer algo diferente a lo que se ha hecho.

Ocurre que tanto Mariano Rajoy como Artur Mas, que son quienes tienen que encabezar, sin intermediarios como hasta ahora, ese diálogo, están sujetos a presiones importantes para que caigan en el error de adoptar posiciones duras. Del orden del ‘aquí se cumple la ley y vamos a exigir responsabilidades penales a quienes, a juicio de los tribunales, la hayan incumplido’, por un lado; y del ‘ahora vamos al referéndum de verdad, pase lo que pase y escueza lo que escueza a Madrid’, por otro. Ni los ‘duros’ que llaman en estas horas a La Moncloa para forzar este camino, ni los ya no tan ‘aliados’ de Convergencia, es decir, esa Esquerra que es responsable de tantos dislates en la historia de Cataluña, deben tener ahora una capacidad de influencia que resultaría, a mi juicio, extremadamente peligrosa.

Haríamos todos mal en aferrarnos a que cuatro millones de catalanes no votaron, lo que es cierto, o a que el proceso tuvo ribetes bananeros, que también lo es. Pero, para quienes nos acercamos a hablar con los ciudadanos que poblaban las colas para ir a votar, hay mucho más que eso: hay un número grande de descontentos con ‘Madrid’, con las actuaciones del Gobierno central (de los gobiernos centrales, que algún día habrá que analizar lo que hicieron Zapatero. Maragall-Montilla), de las instituciones.

He percibido con toda claridad el sentimiento de lejanía que muchos catalanes, amigos personales y para nada independentistas, sienten; por eso, porque se ha abandonado la vía política en los dos últimos años, muchos han ido a votar este domingo lluvioso en esa consulta llena de irregularidades en lo que han considerado, sin pensar en las consecuencias, una jornada festiva. No lo fue para el resto de España, que contempló con aprensión -las primeras versiones oficiales no eran sino tirar balones fuera: creo que el propio Rajoy tendría que haber salido a la televisión para decir algo a la ciudadanía, en vez de delegar en el ministro de Justicia- las imágenes de largas colas de ciudadanos catalanes que iban a ejercer lo que se les ha inculcado como ‘su derecho a votar’. Lo tienen. Pero ese derecho, como, en el fondo, todos los derechos y los deberes, tendría que haberse negociado hace mucho: habrían de haberse pactado el tiempo, la pregunta, las formas legales, las garantías y el contexto en los que esta consulta debería haberse enmarcado. Y deberían haberse tasado los efectos que iba a producir. Ahora ya es tarde para soluciones apresuradas: la sociedad civil catalana está dividida, la ‘marca Cataluña’ ha sufrido un quebranto internacional, Mas está más solo que antes de tener la compañía de dos millones doscientos y pico mil votos y Rajoy aparece más desgastado aún que la semana pasada, cuando una encuesta del CIS le presentó como el más impopular de los dirigentes políticos. Fíjese usted, amable lector, la que se ha montado.

Es la hora también del realismo. Demasiadas veces hemos visto cómo nuestros representantes avestruces edulcoraban la realidad para acomodarla a sus deseos. Pero la verdad es que ha habido, el domingo en Cataluña, una cierta quiebra del Estado, al menos tal y como venimos concibiéndolo. ¿Qué más hace falta para que quienes pueden y deben hacerlo reaccionen con contundencia -que es lo contrario de las soluciones judiciales-policiales o de las posiciones chulescas–, con eficacia, mirando a los ojos a los catalanes y a todos los demás españoles? De acuerdo: la independencia no se negocia, claro que no. Pero hay otras muchas cosas que negociar. Todo, menos encogerse de hombros y esperar a que este problema también se pudra. Eso, que la solución llegue por la vía de esa podredumbre, es algo que ya no va a ocurrir; no, al menos, en esta cuestión, tan vital para la idea de España.

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