Nunca se había conocido un fenómeno semejante en los 37 años de democracia

Podemos ha transformado el panorama político español

Podemos ha transformado el panorama político español
Pablo Iglesias, Errejón, Monedero y la dirección de Podemos.

Ganarán o no ganarán las elecciones generales dentro de unos meses, pero la realidad es que Podemos ha transformado ya el panorama político español y que su influjo es profundo y casi vertiginoso.

Nunca se había conocido un fenómeno semejante en los 37 años de democracia y nunca nada ni nadie dio tanto que hablar, nada más nacer, que el partido liderado por Pablo Iglesias. Y es claro que desde la irrupción de Felipe González, ningún otro líder había sido bendecido con tal carisma ni había concitado semejantes entusiasmos, recelos y pasiones.

Ahora acaba de ser consagrado por la inmensa mayoría en el puesto que nadie le había discutido, ni dentro ni fuera de Podemos. Y en cada comparecencia pública o mediática -todo el mundo aspira a entrevistarle- vemos cómo este joven profesor camina aceleradamente por la senda de su largo salto hacia el poder, apareciendo cada vez un poco más realista o menos utópico, cosa que nadie iba a dudar, y que algunos, estúpidamente, le reprochan.

El riesgo que él y los suyos tienen que sortear es el de la arrogancia, que a veces se atisba, consecuencia de su carisma incomparable y de su extraordinaria preparación.

Es verdad que hay en la actualidad muchos polos de atracción del interés ciudadano (Monago, Cataluña, Torres-Dulce, Matas), pero estos no oscurecen la estrella de Iglesias y sus compañeros, pese a la espectacularidad de sus peripecias. Hemos de terminar de asimilar que nuestro país vive una etapa de cambios y fuertes tensiones, sobresaliendo todo lo relacionado con el independentismo catalán.

Mucha gente ha encontrado tranquilizadora la apuesta de Podemos por la unidad territorial de España, al apuntarse al «juntos mejor», por mucho que sea su respeto al derecho a decidir de los catalanes. Lo mismo que muy tranquilizadora es su apuesta por la total intransigencia frente a la corrupción en todas sus formas.

O por la exquisitez democrática en sus propuestas de cambios institucionales, empezando por la propia jefatura del Estado o la redistribución de la renta.

Lo que pasa es que resulta demasiado fácil andarse con acusaciones directas o veladas sobre inexistentes flaquezas en las convicciones democráticas de estos muchachos -por ejemplo, lo de la proclividad bolivariana-, pasando por alto flagrantes y reales agresiones antidemocráticas de otros. Así es la vida.

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