La agitación pudo percibirse este sábado en medios políticos 'serios'

Cuando el ‘pequeño Nicolás’ se convierte en el héroe de la película…

Cuando el 'pequeño Nicolás' se convierte en el héroe de la película...

Me consta la agitación que pudo percibirse este sábado en medios políticos ‘serios’ ante la publicación de una entrevista al ‘pequeño Nicolás’, en la que este jovencísimo personaje aseguraba haber recibidos importantes encargos del Gobierno, de La Zarzuela y del Centro Nacional de Inteligencia.

Que esta entrevista pudiera suscitar el revuelo ‘subterráneo’ que levantó en algunos centros neurálgicos del país, me resulta altamente sintomático de la insoportable levedad en la que estamos viviendo.

Sobre todo, cuando las cosas, dicen las encuestas, están como están, y Podemos, esa formación de la que resulta imposible no hablar en cualquier comentario político, triunfa hasta en Navarra, donde no consta que tenga representantes.

Así que menuda semanita hemos pasado: el encierro de La Pantoja en la cárcel, los fastos -algo rancios a mi entender- tras la muerte de la duquesa de Alba y, como colofón, ese casi adolescente megalómano, han copado más titulares que la querella finalmente presentada contra Artur Mas, o que la escasa trascendencia de lo que Rajoy ha ido diciendo a propósito del tercer aniversario de su triunfo electoral.

Nada extraño, la verdad: España es país que se muere por el ‘papel couché’ y por las sorpresas políticas.

Lo de la crónica rosa lo dejamos aparte; lo de las sorpresas políticas, no. Porque, ¿quién iba a imaginar hace tres años, en aquel 20N de 2011 en el que Mariano Rajoy y el PP ganaron las elecciones por mayoría absoluta, que las cosas de la política (y de la economía) iban a estar como están ahora, por mucho que el propio presidente insista, en sus artículos y en sus declaraciones, en que nada pasa, en que ‘apenas’ dos millones doscientos cincuenta mil catalanes votaron el 9-n, en que la economía mejora, mejora la economía como un disco algo rayado, pero en el que la música aún es reconocible?

Claro, el 20N 2011 no existía Podemos, aunque sí el 15M; el ‘pequeño Nicolás’ tenía dieciocho años -justo, justo, para poder votar- y la duquesa de Alba acababa de casarse el mes anterior con Alfonso Díez.

Puede que, en esas fechas, Artur Mas fuese aún el nacionalista no independentista que hasta recientemente afirmaba ser, y Pujol seguía siendo el molt honorable ex president de la Generalitat.

La prima de riesgo andaba por los seiscientos puntos y los españoles estaban hartos de la gobernación de Zapatero: por eso, supongo, votaron a Rajoy, que significaba el ‘cambio sensato’, previsible, como él decía, tranquilo, sin ocurrencias.

En tres años, en suma, el panorama ha dado un vuelco notable: resulta que las encuestas dicen que Rajoy tiene menos popularidad aún que Cayo Lara, que ha dimitido para, supongo, facilitar el acercamiento entre Izquierda Unida y Podemos, ese fenómeno al que la prensa empieza a poner en tela de juicio, pero que sigue sirviendo para que los ciudadanos indignados, cabreados, desesperanzados por tantas cosas, la primera de ellas la corrupción rampante, den una patadita -de momento, nada más que eso: patadita, o patadón, en las encuestas- en la espinilla de la clase política acomodada a los viejos usos y costumbres.

Si se me permite, yo ofrecería algunas pinceladas definitorias de cómo andan los nuevos tiempos: Rosa Díez y Albert Rivera no consiguen fusionarse para crear una alternativa de centro (yo creo que ha empezado el declive de la ‘lideresa’ de UPyD, pero no quiero precipitarme asegurando nada: hay una nueva generación que ha irrumpido definitivamente en la política).

Otra nota, la aceptación de Alberto Garzón, la estrella emergente en la ‘izquierda clásica’ a la izquierda del PSOE, de que encabezará la alternativa de IU a las elecciones: ya veremos si puede, o si quiere poder, con el ímpetu de Podemos.

Que, por cierto, no hace más que cometer errores muy serios de comunicación, lo que, dados sus orígenes, parece mentira que les ocurra. Una tercera nota que me parece significativa es que las encuestas por doquier señalan los ascensos de la formación de Pablo Iglesias incluso allí donde no tiene militantes, y también conceden incrementos significativos en la intención de voto de Esquerra Republicana de Catalunya y de Bildu, cuestión esta última que seguro que figuró en la muy reciente conversación privada entre el Rey Felipe y el lehendakari Urkullu.

Así que pretender, como hace Mariano Rajoy, que nada pasa, con la que se ha armado esta semana con el Ministerio Fiscal, con la alarma que sacude, ante el proceso catalán, al empresariado (lo pudo percibir muy nítidamente, me dicen, el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, que mantuvo una larga entrevista en Barcelona con los más notorios representantes de empresa del ‘puente aéreo’), con el mapa partidario que acabo de reseñar, me parece hasta temerario.

Rajoy es quien más contundentemente está perdiendo esta batalla de la comunicación a base de su clásica fórmula de que él no quiere líos, ni tampoco compromisos de tipo alguno. Le iba bien así me parece que hasta ahora, cuando se ha permitido menospreciar lo que ocurre en Cataluña, lo que dicen los sondeos, lo que grita la calle.

En Moncloa, creo, piensan que todo esto es un golpe de viento que de momento sitúa las veletas en otra dirección. Pero que llegará un viento nuevo, en forma de mejora económica real, y que las cosas volverán a su sitio para cuando, dentro de un año (y pico, que puede hacerlo hasta comienzos de febrero de 2016), disuelva las cámaras y convoque elecciones sin haber cambiado a un ministro, sin haber accedido a estudiar reformas en la Constitución, sin haber modificado sus pautas de comunicación con la ciudadanía: ni siquiera supo hacer que valorásemos aquella foto en el G-20, en Australia, donde los ‘grandes’, los verdaderamente grandes, Obama, Merkel, Hollande, Juncker, le sentaron, como a un igual, en su mesa.

Pues no señor: las grandes fotos, los grandes titulares, se los llevó ese día Pablo Iglesias, ese mismo que ahora huye de los focos mediáticos porque sabe que no tiene, aún, un mensaje claro que ofrecer a sus posibles votantes.

Y a mí, que me gustaría, por el bien de todos los españoles, que Mariano Rajoy acertase, estar seguro de que nos llevan en la buena dirección, qué quiere que le diga: que todo esto me preocupa bastante.

Claro que, mientras tengamos a la Pantoja trágica -o patética- y al pequeño Nicolás cómico, que resulta que no se llama Nicolás ni es tan pequeño, pues hala, a vivir que son dos días. Pan y circo, que es lo que importa.

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