Isaias Lafuente

Ana Mato, políticamente muerta

El juez de la Audiencia Nacional, Pablo Ruz, quiere sentar en el banquillo de los acusados a la ministra de Sanidad, Ana Mato, porque podría haberse beneficiado «sola o en compañía de otros» de los presuntos delitos cometidos por su exmarido, Jesús Sepúlveda, en la trama Gürtel. Los beneficios son de todos conocidos, aunque ella siempre ha negado: viajes, artículos de lujo, fiestas con payasos y hasta los gastos de la comunión de sus hijos pagados presuntamente por el entramado de Francisco Correa sin que ella se enterase de nada, como tampoco se enteraba de los coches de lujo que aparecían en su garaje de la noche a la mañana y por los que, visto lo visto, no preguntaba a su marido.

En el auto, el juez Ruz pide juzgar a 43 imputados, entre ellos tres extesoreros del PP. La situación es preocupante para el partido de Mariano Rajoy, pero la petición de Ruz sobre la ministra tiene una carga simbólica de profundidad. Porque aunque la posible participación «a título lucrativo» de Ana Mato en este fraude no implica responsabilidades penales sino civiles, se produce en la víspera de la comparecencia del presidente para explicar en el Congreso medidas contra la corrupción. Y hacerlo con Ana Mato sentada en el banco azul suena a chiste.

Rajoy ha perdido varias ocasiones para tomar distancia con respecto a Ana Mato. Seguramente nunca la debió llamar al gobierno cuando la sombra de sospecha, bien como actriz principal o secundaria de los trajines de su marido, era tan densa. Alguien incapaz de controlar lo que sucede en su casa no parece el perfil más adecuado para gestionar el dinero público. La desastrosa gestión de la crisis del ébola también habría sido razón suficiente para prescindir de sus servicios, pero increíblemente la aguantó. Ahora tiene 24 horas para decidir si sigue manteniendo su confianza en ella, algo que cualquier mandatario responsable resolvería en cinco minutos. Destituirla tendrá un coste político, sin duda, pero si no lo hace, la factura será mayor en un momento crítico en que cada encuesta y cada barómetro del CIS hacen encender todas las alarmas en la calle Génova. Como diría el responsable de la Sanidad madrileña, que increíblemente sigue en su puesto también, para entender estas cosas tampoco hace falta un máster.

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