Fernando Jauregui

¿Qué se dijeron Felipe VI y el copiloto Artur Mas?.

¿Qué se dijeron Felipe VI y Artur Mas, conductor y copiloto de un automóvil, durante el trayecto? Ya sé, ya sé, que, en buena técnica periodística, no debe comenzarse, y menos titularse, un artículo con una interrogación. Pero, en este caso, la pregunta forma parte de la noticia. Porque noticia era que el jefe del Estado y el presidente de la Generalitat catalana, el hombre que más problemas y quebraderos de cabeza está provocando a ese Estado, apareciesen el viernes en un acto conmemorativo de una firma automovilística juntos, sonrientes y atrapados en el reducido espacio de un vehículo, con la sola presencia, en el asiento trasero, del siempre discreto ministro de Industria, José Manuel Soria; que, claro está, difícilmente nos revelará lo que los dos ocupantes de los asientos delanteros charlaban parece que de forma distendida (a la foto me remito, desde luego).

Resultaba que ello ocurría la víspera de que en el Congreso de los Diputados se celebrase el 36 aniversario de una Constitución que Mas repudia, como la repudia el líder de Podemos, Pablo Iglesias, entrevistado al fin, esa misma noche, en la Televisión del Estado. O como la repudian los nacionalistas vascos, y perfecto derecho tienen para ello, claro está. Pero esa Constitución, que personalmente estimo que debe ser objeto de urgente lavado de cara, para actualizarla a los tiempos que corren, es la que alberga el encuentro automovilístico entre Don Felipe de Borbón, que es un magnífico Rey, y, si no, vea usted las encuestas, y el máximo representante del Estado en Cataluña, le guste o no ese título al señor Mas. Y esa Constitución es la que ofrece a Podemos las libertades para expresarse como quieran en la televisión que quiere ser de todos los españoles, con cuantos claroscuros quiera usted matizar lo que digo, que matices hay, faltaría más.

O sea, que, si bien se mira, el techo de la Constitución alberga cuanto pasa en este país nuestro, tan tensionado por decisiones judiciales como la puesta en libertad, demasiado anticipadamente, de sanguinarios terroristas como Santi Potros: ¿pueden las decisiones judiciales ser piedra de escándalo de la ciudadanía? Y, ya que estamos: ¿puede un tema como la reforma de la propia Constitución convertirse en el eje del debate político de fondo en una nación en la que corren peligro hasta su unidad territorial, hasta la separación de poderes, hasta la propia equidad en el reparto de la riqueza, hasta los propios cimientos de lo que habría de ser la decencia pública? En ese ambiente, ¿no será el mantra de la reforma el pretexto para mantener entretenido al personal?

No lo sé, la verdad. Hablé con muchos involucrados en la cosa pública durante la recepción de este año en el Congreso, este sábado -he estado, creo, en todos y cada uno de los aniversarios de la carta magna en el Parlamento, una constancia profesional que no deja, la verdad, de tener su mérito; pero esa es otra crónica-. Y me parece que la posición de Mariano Rajoy, tan perezosa a la hora de abordar una autentica reforma, no una mera mano de pintura, a nuestra ley fundamental, es ahora minoritaria. Hace dos, tres, años, nadie quería abrir un melón cuya cata podría, estimaban, resultar peligrosa; en esta 36 edición, me da la impresión de que los más lo que creen peligroso, de cara al diálogo con Cataluña, de cara al propio diálogo social, es no introducir cambios significativos en el texto constitucional. Lástima que, aquejado de una excesiva prudencia, el PSOE de Pedro Sánchez no concrete más sus propuestas de reforma: creo que tendrá que hacerlo en breve.

Pero permítame el lector regresar a ese viaje, breve pero sin duda intenso, del Rey con Mas. Me pareció un ejemplo para ese Mariano Rajoy que, con ruido de tambores y cornetas, se plantó la semana pasada en Barcelona… para limitarse a encabezar un acto de su partido, el PP catalán. Y se marchó sin aceptar el reto de encontrarse, en el palacio de la Plaza de Sant Jaume, con Mas. Creo que alguien debería tomar como una lección lo que ocurrió este viernes en la planta automovilística de Martorell. Precisamente la víspera del aniversario de la Constitución. Precisamente el día, lo digo si usted quiere a título anecdótico, en el que uno de los mayores críticos de esta Constitución era entrevistado, en hora estelar, en la televisión pública, y conste que me parece muy bien. Y es que este nuestro sigue siendo, pese a quien pese, que pesa a muchos, un gran país, que se interroga sobre las esencias creo que sin peligro de que se desmoronen: ahora solo falta que se pongan, nos pongamos, efectivamente, a esa regeneración, que estimo que debe partir de los gobernantes, no desde la presión desde abajo.

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