Rafael Torres

Morir matando

Diríase que el Gobierno del PP está decidido, políticamente, a morir matando, esto es, a dejar un rastro de tierra quemada, de derechos civiles y jurídicos destruidos, tras su infausta legislatura. A menos de un año de su despedida, tan anhelada por las innumerables víctimas de su política antisocial, pretende asestar un último cogotazo a los españoles con su «Ley Mordaza» y con su «reforma» de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, instrumentos de represión y desamparo que no parecen perseguir otra cosa que la «protección» del Gobierno, de esa peña desatentada y de escasa resonancia emocional, ante la protesta ciudadana y la acción de la Justicia, respectivamente.

Desde multar con 30.000 euros al que rechiste en la calle o al que grabe en la misma las actuaciones policiales, hasta pinchar el teléfono de la gente, todo ello sin la intervención garantista de un juez, éstas leyes que el PP quiere sacarse de la manga de su brazo de hierro contienen un amplio catálogo para consagrar el miedo y la desprotección de una ciudadanía y una judicatura que sabe adversa, pues las sevicias que ambas han recibido de su mano no son de las cosas que suscitan adhesión y cariño precisamente. Partidario del caos, que no otra cosa es el orden sin justicia, sin su concierto, el Gobierno del PP abruma en sus estertores con pretensiones tan salvajes, tan antidemocráticas, tan anticonstitucionales, como la de limitar el tiempo de instrucción de los sumarios sin dotar de los suficientes medios a los jueces, como la de suprimir la palabra «imputado» para que tantos de los suyos en casos de corrupción no lo parezcan, o como que un político de un partido, el suyo, el PP, intervenga sin el permiso ni el control de un juez las comunicaciones telefónicas privadas de las personas.

Quienes alguna vez en el pasado hemos tenido pinchado el teléfono, sabemos bien qué es eso. El Gobierno de Rajoy, también lo sabe, solo que a él le gusta y quiere resucitar esa moda para disfrutarla en lo que le queda. Y a lo peor, también, con la escalofriante ilusión de que también le guste a los que les sucedan.

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