Carlos Carnicero

El discurso del Rey y el triunfalismo de Rajoy.

El discurso del Rey fue cercano, certero, casi cruel, en el diagnostico de la corrupción, y pronunciando con credibilidad, habilidad dialéctica; consiguió una extraña unanimidad en su aceptación desde el PP a Podemos, pasando por el PSOE. Izquierda Unida, que está asfixiada, sin espacio, intentó capitalizar el monopolio de la desconfianza hacia la corona y se quedó colgada de la brocha. Y los nacionalistas tuvieron que dejar su impronta localista. Pero incluso Artur Mas reconoció y casi agradeció las alusiones a Cataluña.

A los pocos días Mariano Rajoy, todavía con la sombra de la intervención navideña del Rey, hizo balance y prospecciones de futuro. Despachó la corrupción con dos frases sobre la transparencia, como si el problema no fuera el segundo más grave en la percepción de los ciudadanos, detrás del paro.

Nos emborrachó con cifras macro en el guión de que la repetición sobre una supuesta salida de la crisis es el único argumento disponible para recuperar la confianza de sus electores. Acordarse del discurso del Rey escuchando la intervención de Mariano Rajoy era letal para el presidente de Gobierno.

La batuta de Pedro Arriola no da margen para el estreno de ningún solista. Arriola y Rajoy no son amantes del jazz. No permiten ninguna improvisación. Nada espontáneo. El resultado es una melodía tan previsible que no permite la exaltación de ninguna emoción. Es difícil sentirse identificado con el discurso del presidente.

Quien observa la expresión corporal de Rajoy, en el mejor de los caso, percibe que él no se cree nada de lo que dice porque nace de un papel teatral encima mal interpretado.

Paradójico, por lo menos innovador: los españoles se identificaron con el discurso del Rey, pensaron que hablaba de ellos y de sus promesas. Lo de Rajoy era una ensoñación de un país que no se reconoce ni en las calles, ni en los bares ni en las oficinas. Aunque sea cierto que la coyuntura internacional permite apuntar crecimientos económicos positivos.

Hay algo desolador en el ambiente. Se huele una vieja política con tantos anclajes que no le permite evolución. Viejos partidos y viejas instituciones en un escenario en el que hay que reconocer el intento modernizador de Felipe VI, con todo lo contradictorio que pueda parecer que la monarquía se moderniza y el sistema de partidos languidece.

El año que está a punto de empezar ocupará un lugar en la futura historia de España en donde la vieja y la nueva política se confrontarán dando lugar a un escenario inédito en toda la transición democrática.

Si como parece, el PP, y también en menor medida el PSOE, son incapaces de interiorizar el nuevo universo de la política española, la eclosión de Podemos realizará una explosión, tal vez controlada del sistema de partidos españoles. Podemos tiene la iniciativa. Su incursión en los universos vasco y catalán amenaza, también, la hegemonía de los partidos nacionalistas. Podemos es también una amenaza para Bildu y para ERC. Les quitan espacio al igual que al PP y al PSOE. Con lo cual ganan credibilidad en toda España. Los «peligrosos radicales» pueden equilibrar la situación catalana. Una demostración de inteligencia estratégica.

Hoy estamos pendientes de Grecia. Vamos a saber en pocas horas si Antonis Samarás logra una mayoría para su investidura como presidente. Si no hay salida institucional, Syriza, el primo helénico de Podemos, será el previsible ganador de unas elecciones anticipadas.

No entiendo como Mariano Rajoy no cambia un ápice su guión con el nuevo escenario político. Las viejas recetas no son suficientes. Y la promesa y exaltación de la recuperación económica no le van a permitir ganar en las municipales. Y un descalabro en estas, le lastrará para las generales. Pero están mayores para innovar.

El esfuerzo que debe hacer Pedro Sánchez es enorme. Tiene que luchar con el pasado para recuperar credibilidad y en casa tiene el caballo de Troya de Susana Díez cuya ambición le incapacita para toda solidaridad inteligente con el líder de su partido al que sueña en desbancar antes de que se haya estrenado en un horizonte electoral. De momento, el único partido que está haciendo sus deberes con talento es Podemos.

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