Fernando Jauregui

Poseemos.

Escribo lo que escribo aún dominado por emociones varias. Va a ser la primera vez que me refiera a Podemos en términos de sospecha: ni siquiera cuando mayor estruendo se ha producido acerca de operaciones monetarias, o de irregularidades universitarias, me he lanzado a la palestra, pensando que, al fin y al cabo, mi voz bien poca era, y mi información podría estar errada. Pero el espectáculo de la política patria no deja de ser, a veces -muchas veces-, incluso irritante.

Leer titulares como «Pablo Iglesias invita a Tania Sánchez a unirse a Podemos: mi mano está tendida, dice», me ha provocado algo semejante al pasmo, y luego a la risa, que es la antesala del llanto. Si Tania, joven llena de valores por otro lado, es o ha sido la novia del líder de Podemos, tal vez podemos -valga la redundancia- colegir que su esfuerzo por convertirse en la candidata de Izquierda Unida a la presidencia de la Comunidad de Madrid ha sido una maniobra para dinamitar esa IU en la capital, aprovechando que ahora la vieja formación aglutinada en torno al Partido Comunista anda algo desorientada con el abandono de Cayo Lara y con la llegada de Alberto Garzón.

Se hace volar por los aires IU, contando con el tirón que tiene Podemos, se fusiona lo que reste del cadáver -entre otras cosas, una organización bastante sólida- y se lanza el partido morado a ponerse ídem de votos en la capital. Si, además, se tiene en cuenta que el PP está, en la CAM, desprestigiado, y que el candidato socialista, Tomás Gómez, no es precisamente el líder más aclamado por los votantes de la izquierda, puede incluso que Podemos -nueva redundancia, inevitable- pueda hacerse nada menos que con la presidencia de la Comunidad de Madrid, que no es pequeña cosa.

Añádase el hecho de que ni se te ocurra citar la relación personal que existe o ha existido entre Tania Sánchez y Pablo Iglesias, porque te llamarán ‘machista’ y confirmarán que eres un periodista de la casta: prepárate para cuando lleguen al poder. Más vale que te vayas jubilando, porque, para colmo, eres ya un veterano: no mereces ni la pena de reinsertarte. No importa que alegues que esta relación personal entre los dos máximos representantes de los ‘nuevos políticos’ se ha convertido en un hecho relevante políticamente, y no en un mero chismorreo de papel couché. Ya da todo igual, porque hemos perdido incluso la noción estética en la conquista del poder.

¿Son las mías, acerca de una especie de ‘golpe de estado’ en la izquierda de la izquierda, meras especulaciones de caldo de cerebro político? ¿Nunca se le ocurrió a Tania Sánchez ‘operación dinamitera’ alguna? ¿Jamás se unirá a Podemos para consolidar su candidatura? Admito que puedo estar siendo demasiado malpensado. Que todo se quede en una ruptura en IU como ha habido tantas en la izquierda, en la derecha y en el centro en este país nuestro, que tampoco es demasiado diferente en esto de otros países. Pero creo que lo que está ocurriendo en Podemos podría resumirse en ‘poseemos’: ahora nos toca irrumpir en el poder. Minimicemos al PSOE, que es el gran rival -el PP ya ha caído en la trampa de contribuir a esa minimización–, destruyamos a IU, aprovechándonos de sus infraestructuras y de su nómina de militantes y simpatizantes, y demos un paso más en la conquista del poder: Podemos poseer, poseemos. Démonos prisa, además, porque dentro de no mucho descubrirán nuestros métodos, nuestro desprecio hacia quien no piensa exactamente como nosotros -y hacia quien piensa como nosotros, pero no es del clan–. Y entonces se irán diluyendo algunos entusiasmos, se espaciarán algunas intenciones de voto. Conquistaremos tres o cuatro decenas de escaños, pero no el Poder, con mayúscula, que es lo que se busca: ¿no lo logró Tsipras?

Pienso que Podemos fue necesario para denunciar al poder constituido, sus pésimas formas y sus equivocadas fórmulas. Encauzó la indignación de tantos, quizá la mía propia. Pero no los quiero gobernando ni la Comunidad de Madrid ni ninguna otra. Menos aún en el Gobierno central. Si han propiciado lo que han propiciado en el partido de la compañera, qué no harían conmigo, que ya se ve que soy casta pura. Las encuestas están sirviendo, me parece, para mostrar hasta dónde pueden llegar los niveles de prepotencia, de exclusión de tantos, de apropiación de marcas. Puede que me esté haciendo viejo, pero todavía prefiero, con todos sus claroscuros -y hay más oscuros que claros–, las viejas, cuestionables, fórmulas y formas, donde al menos la caballerosidad -pura casta, seguro- estaba ahí, sobre el terreno, aunque fuese de una manera hipócrita. Insisto: paren, que me bajo.

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