Fernando Jauregui

¿Adelantar elecciones? Una barbaridad…

Que Pablo Iglesias, el líder de Podemos, exija a Rajoy adelantar las elecciones generales solamente puede significar una cosa: que está asustado. Ahora, las encuestas le ofrecen un horizonte rosado. Pero ya ha tocado techo. A partir de ahora, Podemos va en la cuesta descendente. Por varias razones:

-Una se llama, inter alia, Monedero. No hay mucho más que decir. El teórico ‘número tres’ de la formación morada tiene mucho que explicar, algunos papeles que enseñar. Yo no soy un juzgador, ni me apresuro a echar paletadas de tierra sobre cuerpos yacentes para enterrarlos vivos: pero lo último que un político puede ser es carne de sospecha, piedra de escándalo. O Monedero es capaz de convencer hasta a los medios ‘de la casta’ de su probidad moral, o tiene que dimitir. Con el desgaste que ello supondrá para su jefe, Pablo Iglesias, que ha puesto la mano en muchos fuegos por él.

-Otra razón se llama Tsipras. El primer ministro griego se ha metido en un buen lío en los meandros -líbreme Dios de decir que sacrosantos- europeos. Cuando le salga mal a Tsipras su errático deambular por la UE -y, con sus planteamientos, eso será pronto–, los cascotes le caerán también en la cabeza a Pablo Iglesias en persona.

-La tercera razón se llama desgaste de materiales. No se la voy a explicar a usted, porque es persona inteligente y lo comprende perfectamente. No se puede abusar de la falta de programas para hacerlo todo transversal, no se puede incidir en el falseamiento de la propia ideología, no se puede despreciar al resto de la humanidad colocándole la estrella amarilla de ‘casta’ sin pagar un precio por ello.

Por todo eso, sospecho, Pablo Iglesias trata de exigir a Rajoy algo que no solamente le vendrá mal a Rajoy (y al PSOE, y a las restantes formaciones políticas): adelantar las elecciones generales sería una catástrofe para esta España que trata de recuperar una voz en Europa y en el mundo, que empieza a vislumbrar un poco –un poco– de alegría económica, que intenta ordenar su maltrecha convivencia política y territorial.

Repito que nada tengo contra Podemos, que me parece que ha llegado para impulsar un serio debate interno sobre quiénes somos, de dónde venimos y, sobre todo, hacia dónde vamos; pero no los quiero, al menos no todavía, en el gobierno de mi país. Casi prefiero, glub, más de lo que hay, aunque quienes alguna vez me hayan leído saben que yo escogería, hoy por hoy, y para los dos próximos años —después, eso sí, elecciones– una gran coalición PP-PSOE que nos ordene la casa, reforme la Constitución y nos permita respirar de nuevo un poco. Al menos un poco.

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