Fernando Jauregui

Debate sobre el estado de una nación irreal.

Resulta que en el debate sobre el estado de la nación, que comienza este martes en el Congreso de los Diputados, estarán ausentes las dos formaciones políticas que emergen estos días en las encuestas. Me refiero, claro, a Podemos y Ciudadanos, distintas y distantes, pero unidas en el éxito que encuentran en una parte de la ciudadanía harta, parece, de los esquemas tradicionales. Por eso mismo, Mariano Rajoy, que afronta su undécimo debate, y Pedro Sánchez, que se estrena en estas lides, tienen que acaparar con propuestas nuevas y, si posible fuere, con un lenguaje cercano e inédito, la atención de los electores. Están ante la quizá sea su última oportunidad de mantener al menos algo que podría ser un vestigio del bipartidismo imperfecto que nos ha venido rigiendo hasta ahora. Pero ¿podrán afrontar esta oportunidad?¿Sabrán, ambos, dar con las claves que les devuelvan una parte de esa confianza perdida, como muestran, de manera aterradora, las encuestas?

Mariano Rajoy y Pedro Sánchez están condenados a entenderse. Lo dicen, ‘sotto voce», bastante altos responsables de las dos formaciones mayoritarias. Claro que ninguno de los dos puede admitirlo ahora -ya veremos en diciembre, tras las elecciones generales–. Y claro que la corteza del árbol no deja ver el árbol que impide la visión del bosque. O sea, que lo inmediato va a ser sacudirse leña hasta que canten las piedras, tratando de quedar mejor que el otro en un debate que es el acto parlamentario más importante del año y del que, la verdad, salen muy pocas cosas concretas desde que se instituyó por Felipe González, allá por 1983.

Han sido veintitrés debates en los que la máxima atención se centraba en el encontronazo dialéctico del presidente del Ejecutivo con el líder de la oposición: González-Fraga; González-Aznar; Aznar-Borrell y, luego, Aznar-Zapatero; Zapatero-Rajoy; Rajoy-Pérez Rubalcaba y, ahora, Rajoy-Sánchez han sido los principales contendientes, a los que les seguía el discurso, siempre bien construido formalmente, del líder del grupo catalán, y luego los de Izquierda Unida, PNV, UPyD, grupo mixto… ¿Un mero divertimento político? Lo cierto es que las resoluciones, a veces bienintencionadas, que se aprobaban al final de las dos jornadas de discursos, réplicas y contrarréplicas. rara vez han visto la luz en el ‘Boletín Oficial del Estado’. Y no menos cierto es que jamás de estos debates de dos jornadas exhaustivas han salido pactos de Estado que mereciesen el nombre de tales.

Quizá por todo eso, y por los episodios de corrupción nunca tratados a fondo, y por la falta de sintonía directa de la llamada ‘clase política’ con el ciudadano de la calle, estos debates han ido perdiendo su fuerza y significado iniciales. Y esta es, como decía, la primera vez que esa ausencia de la calle en el hemiciclo se hace tan perceptible como para decir que un cuarenta por ciento de quienes se sentarán en la Cámara Baja tras las elecciones generales, si nos atenemos a las previsiones de las encuestas, estarán fuera del hemiciclo en las jornadas del debate esta semana. Por eso mismo, el tándem Rajoy-Sánchez (y los demás, claro, desde Duran i Lleida hasta Uxue Barkos) tiene una enorme responsabilidad, acaso en esta edición más que en ninguna otra: ¿cómo hacer creíbles sus propuestas, las nuevas ideas que vayan a aportar desde el atril?

Me aseguran que Rajoy anunciará algunas medidas ‘beneficiosas para los españoles’; lógico, sobre todo en una tan larga época preelectoral como la que nos espera. Pero no creo que anunciando una bajada de las tasas judiciales, o determinados beneficios fiscales, vaya a crecer la popularidad que las encuestas le niegan a Rajoy. De la misma manera que el mero dar caña al Gobierno pasivo y lejano no hará más cercana y ágil la imagen de un Sánchez que llega, al menos, reforzado tras las escaramuzas internas en su partido, felizmente resueltas, creo, con la llegada de Gabilondo en sustitución de Tomás Gómez a la cabeza del cartel electoral madrileño, que parece que es el único que interesa a estas alturas. O ambos, y los demás, ensayan una revolución en sus ideas, forma y fondo, o este debate correrá el riesgo de ser uno más. Pero está muy claro que, faltando ya menos de un mes para la primera confrontación electoral, la andaluza, y apenas tres meses para esa ‘prueba de fuego’ que serán, para Sánchez y Rajoy, las elecciones autonómicas y municipales, ese debate sobe el buen o mal estado de la nación no es uno más.

Los oradores de esta semana tienen que entender que el debate puede centrarse sobre una nación irreal, porque una parte de esa nación está fuera de la Carrera de San Jerónimo. Y tendrán que hacer real esa ficción de España ‘bipartidista con adherencias’, proponiendo cosas como la profundización en la democracia, si todos ellos quieren sobrevivir en este mundo político que cambia tan rápido que ni los propios políticos lo advierten. Se ha acabado la era del ‘pan y circo’: ahora la gente quiere estar ahí, participando.

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