Fernando Jauregui

Empieza la campaña

Es una de las falacias de esta España llena de ellas: ha comenzado oficialmente la campaña electoral andaluza, con una pegada de carteles que ya nadie pega; con dos semanas por delante para pedir el voto que ya todos estaban, de una manera o de otra, pidiendo; para celebrar mítines que llevan meses celebrándose y para organizar debates televisados que puede que ni se produzcan. Es decir: las normas que nadie cumple, incluyendo la prohibición de publicar sondeos desde una fecha determinada antes de las elecciones –¿quién va a controlar tales cosas en tiempos de internet?–, son papel mojado que más vale derogar o reformar, lo que no sería ninguna tontería ahora que estamos planteándonos una nueva era.

Las campañas electorales en España -y vamos a tener bastantes en este año de sobresaltos- están, definitivamente, obsoletas. Repletas de mítines para convencidos, de espacios más o menos obligatorios en televisión que se han convertido en puros publirreportajes fabricados por los propios partidos, de sondeos fabricados a toda prisa, de abuso de las redes sociales, que son, por cierto, la único nuevo en el concepto tradicional de una campaña electoral. Por lo demás, se nos han quedado viejas, desde los eslóganes, cíclicamente repetidos, hasta los programas incumplidos y el propio diseño de los actos. Para no hablar ya del corte de los debates en televisión, cuando los hay (deberían ser obligatorios): tiempos tasados, temas consensuados, nula participación de los espectadores…

Hablo, claro, de aspectos meramente formales. Podría también referirme a la tradicional falta de ideas, que corre pareja con la falta de respeto al elector, sometido a mensajes de sal gorda, mendaces y en los que se nos trata casi como a niños. Campañas gritonas, insultonas -a ver cuánto tarda alguien en acusar de ‘franquista’ al rival: es uno de los clásicos–, en las que los conceptos se reducen a la mínima expresión. Estoy seguro de que el escaso prestigio que padece eso que ha dado en llamarse ‘clase política’ tiene no poco que ver con el diseño y desarrollo de estas campañas electorales, tan pedestres las pobres. En fin, que gane el mejor. O el menos malo, como indican las sacrosantas -que esa es otra- encuestas.

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