Fernando Jauregui

Los sondeos hablan de tsunami, pero como si nada…

Entramos en la penúltima semana de campaña antes de la primera confrontación electoral del año, la andaluza. Los líderes se volcarán en los mítines, tradicionales, por las tierras de Andalucía con los mensajes también tradicionales y se registrarán los debates televisivos entre candidatos según el modo usual. Todo cambia en las entrañas, pero nada o casi nada parece mudar en la superficie. Y, sin embargo, los sondeos nos muestran la magnitud del tsunami político que llega a nuestras playas.

Los grandes titulares hablan de la necesidad de pactos: Susana Díaz tendrá que pactar si quiere seguir presidiendo la Junta andaluza, aunque yo no estoy tan seguro de que no pudiese hacerlo en solitario, ante la incapacidad de los demás de unirse en su contra. Mariano Rajoy tendrá que pactar con alguien, preferentemente con el PSOE, para seguir en La Moncloa el año próximo. Y, desde luego, vayan ustedes preparándose: más del sesenta por cierto de los municipios españoles se regirán mediante un pacto, una vez que no se llegó a un consenso para que el alcalde fuese el más votado. Esto, y mucho más, es lo que dicen las encuestas publicadas recientemente y, previsiblemente, las que se publicarán en los próximos días.

Lo confieso: no entiendo las encuestas que están apareciendo en los últimos meses. Me cuesta admitir que Podemos, con dirigentes locales aún muy poco conocidos, con programas a mi entender algo inconcretos, lidere, o casi -según de qué sondeo se trate- la intención de voto de los españoles en general. Como me supone un esfuerzo asumir las razones, más allá del carisma indudable de su líder, del ascenso imparable de Ciudadanos, una formación con origen catalán y falta total de cuadros en el resto de España. Solamente el desencanto producido por los partidos ‘tradicionales’, PSOE, PP, IU y UPyD, explica un fenómeno que, me consta, tiene descolocados a todos los expertos demoscópicos.

Supongo que los propios sondeos retroalimentan la realidad. Así, cuanto más auge se otorgue a Podemos, mayores expectativas tendrá ante las urnas. Pero atención, porque son muchos los que advierten sobre algo que me parece evidente: a la hora de la verdad, la formación creada hace un año por Pablo Iglesias registrará un éxito en las urnas bastante menor de lo que ahora le conceden las encuestas, sin que ello signifique, desde luego, que vayan a cosechar un estrepitoso fracaso. Simplemente, baste recordar que, hace apenas ocho meses, tanto Izquierda Unida como la UPyD de Rosa Díez ascendían hasta casi alcanzar a los dos ‘grandes’, PP y PSOE, en franco descenso. Y, sin embargo, ahora ¿qué esperanzas de vida ofrecen las encuestas a estas dos formaciones, la primera de las cuales ha cambiado de liderazgo tras una tormenta interna y la segunda que se ha negado, claro error, a pactar con Albert Rivera? ¿Podría ocurrir que Podemos se despeñase de aquí a las elecciones generales -las autonómicas y locales, ante las que todo es confusión, serán toda una prueba- como les ha ocurrido a IU y a UPyD? Podría, aunque nadie se atrevería ahora a pronosticar para Pablo Iglesias y los suyos un resultado inferior, en diciembre, a los treinta escaños en el Congreso de los Diputados, lo que no estaría nada mal. Grecia, Venezuela, Monedero y la soberbia de Iglesias se encargarán de la resta; las torpezas de los ‘mayoritarios’ PSOE y PP, de la suma.

El caso de Ciudadanos me parece diferente. Es un partido que a nadie asusta, claramente situado al centro, con vocación de centro y nada más que eso, capacitado para aliarse tanto con el PP -que no comete sino errores al referirse a este partido- como con un PSOE que ni siquiera menciona a la formación de Albert Rivera. Ciudadanos, que ya digo que adolece de una alarmante falta de personal en casi toda España, aunque muchos oportunistas se apunten ahora al caballo ganador, tiene un claro programa regeneracionista y una gran sensatez en sus planteamientos, aunque esta sensatez no difiera mucho de los puntos reformistas que presenta el PSOE. Lo que ocurre es que lo primero que necesitan los socialistas es hacer un pacto consigo mismos, lograr el abrazo con foto de Susana Díaz y Pedro Sánchez (creo que ya están en ello), antes de hablar de pactar o no con los demás.

Pero ese será el gran tema. Los pactos. Algo de lo que los líderes no quieren hablar, porque no conviene hacerlo en campaña electoral, pero que será la única solución para la gobernabilidad del país el año próximo. Descartadas nuevas mayorías absolutas -tremendo el nivel de rechazo que las sacrosantas encuestas muestran hacia Mariano Rajoy, que debería replantearse muchas estrategias–, habrá que pensar en otras salidas: acuerdos puntuales o globales, incluso un Gobierno de gran coalición entre PP y PSOE que frene otras aventuras, o hasta un ‘pacto a tres’ con Ciudadanos como bisagra -una palabra que gusta poco a Rivera, lógicamente–. Hagan juego, señores. Quizá estemos viviendo las últimas campañas electorales concebidas al modo ‘de siempre’, el último lenguaje político ‘de toda la vida’, como si, ya digo, no tuviéramos el tsunami sobre nuestras cabezas.

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