Isaias Lafuente

¡Por qué no te callas!

José Antonio Labordeta tuvo un momento memorable en un pleno del Congreso en el que se revolvió contra quienes pretendían entorpecer con gritos destemplados su discurso en la tribuna de oradores. Defendió con palabras llanas su derecho a la palabra y mandó directamente a la mierda a los boicoteadores. La estrategia de romper el turno de palabra del oponente a base de vocerío no es infrecuente. Pero en las últimas semanas hemos contemplado gestos preocupantes que van más allá.

El presidente del Gobierno le dijo a Pedro Sánchez que no volviera más a subirse a la tribuna del Congreso, sin que tengamos constancia de que haya pedido disculpas por tan grueso despropósito. Y en la última sesión de control al gobierno el ministro de Defensa, Pedro Morenés, hizo un desafortunado gesto, mandando callar, mientras intervenía la diputada Irene Lozano que en ese momento le preguntaba sobre la insuficiente respuesta que su departamento había dado al caso de acoso sexual sufrido por la capitán Zaida Cantera. El ministro al menos se ha disculpado y ha explicado que el gesto no iba dirigido a la diputada. La explicación es dudosa, pero la disculpa vale.

El reglamento del Congreso concede amplios privilegios al gobierno en sus comparecencias, reforzados aún más si su grupo parlamentario cuenta con mayoría absoluta. Entonces además de gozar de más tiempo en sus intervenciones, de la posibilidad de cerrar los debates con una última intervención, de conocer previamente las preguntas en las sesiones de control sin que los grupos puedan cambiarlas aunque lleguen caducadas por la actualidad, su posición dominante en la Mesa de la cámara les permite vetar o dar luz verde a cualquier debate aunque sea la oposición en bloque quien lo solicite. Pero a alguno todo eso le parece insuficiente y sencillamente manda callar, ordenando silencio no al parlamentario sino cerrando la boca a todos los ciudadanos en nombre de quienes habla. Como la bisoñez no puede ser la causa, tratándose de parlamentarios cargados de trienios en la carrera de San Jerónimo, la otra explicación es muy preocupante en una democracia parlamentaria.

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