Fernando Jauregui

Este puede ser año de vuelcos, aunque no, claro, en Andalucía.

Alguien debería entender el mensaje de las urnas alguna vez. La votación en Andalucía indica, aunque aún no conozco los resultados, que algo está cambiando en el cuerpo social español, más allá de las modas que hacen que unos días suban unos más y otros bajen menos. Cierto, la opinión pública, y hasta la publicada, es en España una veleta. Pero esa consideración sería, ahora, retrógrada por inmovilista. Y por conformista. Tras Andalucía, vienen otras elecciones, y luego otras. Madrid, por ejemplo. ¿Año de vuelcos?

Confieso que me apasiona la ‘batalla de Madrid’ mucho más de lo que me haya interesado -que me ha interesado- una ‘batalla de Andalucía’ donde el pescado estaba ya casi vendido: sabíamos, o imaginábamos, quién iba a ser la presidenta de la Junta, quién el derrotado, quiénes los emergentes y hasta quién -le creíamos casi acabado- iba a dar la sorpresa. De lo que vaya a ocurrir en Madrid no se puede predecir nada, excepto que la ‘movida’, que llevó a la defenestración de Ignacio González y, antes, del socialista Tomás Gómez, sigue.

He de reconocer que me parece que, en Madrid -no como en Andalucía–, el PSOE ha compuesto las cosas algo mejor que con la batalla a escala nacional, soterrada, pero obvia, entre Sánchez y Susana Díaz. El golpe de autoridad del secretario general para colocar a Gabilondo, la campaña ‘multimedia’ del candidato a alcalde Carmona, están obteniendo resultados. En la izquierda de la izquierda, el panorama no puede ser más confuso. El centro está como en tono menor, al menos por lo que respecto a los candidatos. Y, por lo que atañe al PP… ah, el PP madrileño; todo emoción.

Lo voy a decir sin rodeos: creo que Mariano Rajoy, que es hombre que se toma su tiempo -demasiado muchas veces– para adoptar decisiones, aún tiene la oportunidad de buscar otra candidata a la alcaldía de Madrid. Acertó, en mi opinión, con Cristina Cifuentes para la Comunidad; no lo ha hecho con Esperanza Aguirre, que, desde el primer instante tras su ‘asunción’ de la candidatura al despacho de La Cibeles -ella dice que se iría a otro sitio menos ostentoso que el impuesto por Ruiz Gallardón-, ha venido creando problemas: primero, con que si ella es más liberal que Cifuentes; luego, que si abandonará o no la presidencia del PP madrileño; a continuación, que a ella nadie le hace las listas ni le nombra colaboradores. Lo último ha venido a cuenta de una de sus colaboradoras, que hereda un ‘affaire’ tal vez hinchado por algún medio, pero que, sin duda, no dejará de tener repercusión a la hora de que muchos se pregunten cómo elegía a su gente doña Esperanza en los tiempos aquellos, que quiere que regresen, en los que mandaba.

Me gustan los versos sueltos, pero lo de Aguirre es como todo un poemario ácrata actuando cual elefante desbocado en una fábrica de cristal: a su paso, salta la polémica interna -lo menos deseable en una campaña electoral–, los ataques mutuos, los recelos. El suyo es el viejo estilo de hacer política: personalista, hasta egocéntrico, de salidas ingeniosas sin contenido real. Creo, y lamento mucho, de veras, decirlo, porque el personaje me es simpático, que su tiempo pasó. Lo dije cuando el dedo rajoyano, sin duda muy a pesar del propietario de la mano, la designó candidata. Ahora, los hechos están dando la razón a quienes, incluso desde el corazón del PP, enarcaron las cejas cuando se hizo público, al fin, que ‘ella’ era la seleccionada, que acaso no la elegida.

Dirá usted que exagero, y puede que así sea: pero creo que en Esperanza Aguirre se centra la renovación, o no, de un partido, como el gobernante, que es el único que mantiene una cierta estructura de unidad interna, pese a todo -y ese todo es mucho- en el panorama de las formaciones españolas. Porque, en el otro lado, no me cabe duda de que Sánchez, que podría, al fin, no resultar tan malparado en las elecciones municipales y autonómicas -los errores ajenos son más que los aciertos propios–, tiene que arreglar lo suyo con la señora Díaz antes de acudir a las elecciones primarias de su partido, en las que puede que él sea el único candidato. Pero acudirá a ellas, y a las generales, debilitado si cunde la sensación de que no cuenta con el incondicional apoyo de la ‘lideresa’ de la potente federación andaluza, que, además, saldrá previsiblemente reforzada de las elecciones, aunque sus resultados no superen el calificativo de ‘discretos’, que es un grado siempre mejor que ‘malos’. Aquí, lo importante, al fin, es mantenerse en el poder.

Así, se abre un abanico de temas para que Mariano Rajoy, agobiado, sin que sin embargo lo parezca, por muchos frentes, desde la corrupción pretérita hasta el panorama territorial de hogaño, medite. Y rápido. Y también para que lo haga Sánchez, que sin ningún género de duda será el contrincante de Rajoy ante las elecciones generales de noviembre/diciembre. Es más, albergo mayores dudas -y no albergo casi ninguna- de que Rajoy, personalmente hundido en las encuestas, esté en la carrera final. Para mí, Sánchez es un fijo. Y perderá esas elecciones, frente a Rajoy o a quien sea -y ese no será ni Pablo Iglesias ni Albert Rivera– si no ofrece la imagen de que controla al cien por cien su partido: los veteranos aburridos de callar, la lideresa ensoberbecida, los barones dispersos, una militancia desencantada y, a veces, Pedro Sánchez, actúan, parece, para que ese mismísimo Pedro Sánchez no llegue a la presidencia del Gobierno de España, como bien pudiera ocurrir, visto lo que estamos viendo. Porque, aunque no parece que ese vaya a ser el caso de Andalucía, este 2015, ya digo, da la impresión de que puede ser año de grandes vuelcos.

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