Fernando Jauregui

Un paseo por la Andalucía de Susana Díaz

Llevo una semana recorriendo diversas ciudades de Andalucía. La Andalucía de después de unas elecciones que parecen no haberse celebrado nunca. La Andalucía presidida por Susana Díaz, la de la juez Alaya, la de los ERES, la de los alcaldes del Partido Popular que temen no repetir tras los comicios municipales del próximo 24 de mayo. Lees los periódicos y nada se ha alterado: la comunidad autónoma más importante de España, el granero de votos en el que es necesario ganar para controlar el resto del país, aguarda confiada y alegre la semana santa con una previsión de ocupación hotelera superior, me dicen, al noventa por ciento. Todo parece ir al ritmo pausado, previsible, de los pasos procesionales.

He hablado estos días con políticos de distintas procedencias en Sevilla, en Cádiz, en Málaga, en Guadix, en Marbella, en Mairena… He palpado el desánimo en el seno de los perdedores, que siguen sin explicarse algo que ellos consideran ‘contra natura’: que los socialistas sigan ganando, inmunes a los escándalos de corrupción, al elevado índice de desempleo, al desgaste de gobernar. Y, sobre todo, he hablado con mucha gente no directamente involucrada en política: catedráticos de universidades varias, colegas periodistas, personas relacionadas con el sector turístico. Todos comparten la impresión de que a la ‘era Susana Díaz’ le ha sucedido… La ‘era Susana Díaz’. Nada va a cambiar y la irrupción de las fuerzas políticas emergentes, Podemos -sustituto sin más de la declinante Izquierda Unida- y Ciudadanos -quizá futuro aliado del PP en pactos de gobierno en otros puntos de España, hoy la principal pesadilla para los rectores de la sede de la calle Génova–, poco o muy poco va a contribuir a acelerar y profundizar mudanzas.

Coincidencia sospechosa en políticos del PP, del PSOE y también de Podemos y Ciudadanos: el ‘desembarco’ de Rajoy y varios de sus ministros -Montoro, Báñez- en la campaña andaluza ha beneficiado escasamente al candidato ‘popular’ Juan Manuel Moreno Bonilla, que, en mi opinión, ha hecho una campaña bastante estimable. El discurso de Rajoy, centrado en lo bien que marcha la economía, no vende en una región con casi un cuarenta por ciento de paro juvenil, sostenida sustancialmente por el turismo y la agricultura. He hablado con candidatos del PP que, en privado, eso sí, han criticado con dureza la ‘escasa sensibilidad’ con la que, desde Madrid, se tratan los temas andaluces y, de manera muy concreta, la irrupción, desde la capital, de la candidata a la alcaldía Esperanza Aguirre, que atacó el ‘dedazo’ con el que se nombró a Moreno, como si ella no fuese fruto de la designación digital de la misma mano, la de Mariano Rajoy.

Debo decir, porque me resulta significativo, que no pocos de aquellos con los que he ido tratando en esta gira profesional por Andalucía me han hablado de un posible relevo de Rajoy. Es, sospecho, más bien una especulación que algo que se aproxime a la realidad: es obvio que Rajoy no se plantea dejar el puesto a ninguno de quienes se perfilan como hipotéticos sucesores, al menos no en estos momentos. Y hasta me parece evidente que la tozudez presidencial sigue empecinándose en no hacer cambios en el elenco ministerial, más allá de que Luis de Guindos pase o no a ocupar la presidencia del Eurogrupo lo que ocurriría, de ocurrir, en junio/julio. Las voces que reclaman otras sustituciones, como la del titular de Hacienda, claman, se diría, en el desierto de los pasillos monclovitas. Lo mismo que las de quienes piden un nuevo funcionamiento en el partido, un PP de marcha un tanto errática, pero que sigue siendo la fuerza política más cohesionada de España. Un país en el que arrasan en las encuestas, y algo menos, pero también, en las urnas, formaciones que hoy por hoy carecen, especialmente en Andalucía, de cuadros, de sedes, de candidatos relevantes y conocidos e incluso de programas reconocibles.

Así que, ya digo, poco es lo que cambia en la Andalucía de Susana Díaz, salvo la cosmética que quiera imprimir en esta Comunidad la ‘lideresa’. Y poco, o nada, es lo que cambia en el Madrid de los cenáculos, los mentideros y la fortaleza de La Moncloa. Así las cosas, uno se pregunta si tanta convocatoria electoral realmente está sirviendo de algo, excepto para constatar que todo viene a ser más lo de siempre, al menos en la superficie, que otra cosa son las aguas subterráneas, que bajan revueltas.

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