Charo Zarzalejos

¿Y si los nuevos se hacen viejos?

Es en Sevilla, inundada estos días de Semana Santa, de incienso y azahar en donde se cuece a fuego lento la investidura de Susana Díaz. Se está haciendo a través del teléfono. Casi sin que nadie se entere, porque aquí, la «ciudadanía» o el «pueblo», está en otra cosa. Está en las marchas procesionales, en la Virgen de su barrio aunque e nada crea. Está recreando, una vez más, esa Semana Santa que al menos los sevillanos y creo que los andaluces en general, llevan en su ADN.

En este ambiente nadie habla de Albert Rivera o de Pablo Iglesias, pero Susana Díaz piensa en ellos en la convicción de que alguno de los dos, al final, propiciarán su investidura. Ahora de lo que se trata, y nunca menor traído, es de vestir el santo como mejor se pueda.

Está por ver que ocurre, pero en la memoria de todos están los contundentes discursos y exigencias de los nuevos. Transparencia, compromiso con los más necesitados, cerco fiscal a los ricos, exigencias a los bancos, etc, etc… y todo ello para traer a España una nueva forma de hacer política que sustituya a la «vieja».

Andalucía va a ser el banco de pruebas de la juventud, cuando no adolescencia de los nuevos, de los más jóvenes. No cabe decir que el discurso de Rivera sea el de Iglesia. Ni muchos menos. Las diferencias son sustanciales, yo diría que de fondo. Les une, eso si, si propia juventud y su radicalidad en su afán de esa «nueva política».

Habrá que estar muy atentos al desenlace del proceso iniciado a partir de las elecciones andaluzas porque no está conjurado el riesgo de que los «nuevos» lleguen «viejos» a las municipales y, por supuesto, a las elecciones generales. Recuerdo una frase de una de las múltiples series americanas que abordar los vericuetos y tripas de la política americana en la que el asesor del Presidente de EE.UU recuerda a su interlocutor que hay hombres que no nacen para ser felices sino para cumplir con su deber.

A lo mejor es forzar un poco el argumento pero los nuevos -Rivera e Iglesias- si son consecuentes con sus discursos, con sus exigencias, con sus líneas rojas tendrán que pensar muy seriamente cual es su deber en la disyuntiva andaluza. Tendrán que medir muy bien sus pasos: o felicidad o coherencia, salvo, claro está, que sean capaces del «dos por uno» que tanto se lleva en los supermercados. O superan con éxito la prueba andaluza o, ahora que son jóvenes, se harán viejos casi sin darse cuenta.

Fernando Vallespín ya ha reflexionado, con extraordinaria brillantez, sobre esta eventualidad y no descarta que los nuevos lleguen viejos. Otros muchos, entre los que me encuentro, tampoco.

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