Rosa Villacastin

El Padre Angel: por la sonrisa hacia Dios.

Viviendo como vivimos sumidos en nuestros propios problemas, en nuestras necesidades, en nuestras angustias, a veces nos olvidamos de prestar la debida atención a toda esa gente, a esa muy buena gente, que dedica su energía, su tiempo, su dinero, su vida entera, a cuidar a los que más nos necesitan. Podría poner muchos ejemplos de gente que vive para hacer el bien, que los hay aunque no siempre tengan la relevancia que se merecen, pero me voy a centrar en un hombre. Un cura humilde, solidario, buena gente al que conozco desde hace años y al que admiro por su entrega, por su dedicación a los más mayores pero también a los niños, a las mujeres, a los más desfavorecidos de la tierra, ya que su labor no se limita solamente a hacer el bien en nuestro país, no. Para él ningún lugar donde estalle una guerra o un conflicto está lejos. Es más, yo diría que es tanta su fuerza de voluntad, su ganas de hacer el bien, que no hay barreras que él no pueda derribar con el fin de llevar un poco de esperanza y fe donde no hay más que dolor y desesperación.

Se trata del Padre Angel, presidente de la Fundación Mensajeros de la Paz, que acaba de cumplir los 80, haciendo realidad el sueño de su vida que no es otro que abrir al público la Iglesia de San Antón, situada en la calle Hortaleza de Madrid, donde tiene la sana intención de acoger a todas aquellas personas que por circunstancias de la vida necesiten su ayuda, bien sea social o religiosa, o simplemente para quién lo que busque sea un simple café caliente. Lo que convierte a esta Iglesia en una casa solidaria, un oasis de silencio y oración, o bien en un pequeño «hospital de campaña» como le gusta decir al Papa Francisco en algunas de sus intervenciones públicas, y que pueden resumirse en pocas palabras: «Abrid las puertas de las Iglesias y dejad que Jesús pueda salir».

Hace años que el Padre Angel quería hacerse cargo de este templo de gran tradición humanística, que durante siglos fue de los Padres Escolapios donde se impartía educación a los niños pobres de Madrid, que permanecía cerrado como tantos otros, y que ha sido rehabilitado con el fin de que puedan entrar y salir sin dificultad también los discapacitados, y en el que se conservan las reliquias de San Valentín, o tesoros como una talla del Cristo de los Niños, del Siglo XVII, así como un órgano de principios del Siglo XIX. Un templo en el que un grupo de sacerdotes impartirá los sacramentos a cualquier hora del día.

El Padre Angel que cuenta con una extensa red de voluntarios y de personas que le prestan su ayuda económica, ha diseñado un programa de actividades en el que prima la acogida, las ayudas sociales, el ropero y un banco de alimentos. Todas muy interesantes, con las que pretende ayudar a los más necesitados. A esa buena gente que debido a la crisis económica de los últimos años, ha visto mermar sus recursos, o se ha quedado sin casa, sin empleo, sin las prestaciones sociales con las que hacer frente a las necesidades más básicas de la vida cotidiana como son la comida, la luz, el agua o las medicinas. A las que no solo hay que alimentar o vestir sino confortar con palabras de aliento para que puedan seguir luchando día a día.

Estamos en Semana Santa, una fecha donde lo pagano y lo religioso se mezcla, en plena recuperación económica según palabras del propio presidente del Gobierno, por más que esta no haya llegado todavía al bolsillo de quienes más lo necesitan, de ahí mi homenaje a todas esas personas que como el Padre Angel viven por y para los que quedarán excluidos de un sistema que se ha demostrado sumamente injusto e insolidario.

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