Charo Zarzalejos

Ahora, el susto se llama Ciudadanos.

No hay elecciones sin susto. En las europeas, el susto se llamó Podemos y ahora, en las andaluzas, se llama Ciudadanos. Aquellas elecciones, las europeas, que nunca han levantado especiales pasiones entre los españoles, tuvieron unos efectos secundarios espectaculares.

El resultado de aquellas elecciones colocó en el escenario político a un grupo de profesores de Políticas, liderados por Pablo Iglesias. Esos resultados más los suyos propios se llevaron por delante, nada menos, que a Alfredo Pérez Rubalcaba y llenó de vértigo a las demás formaciones políticas, especialmente a las situadas en la izquierda. Podemos había llegado para quedarse.

Ahora, las elecciones andaluzas, han dado un nuevo susto. En esta ocasión ha sido Ciudadanos el que ha movido, y de qué manera, el tablero político. Este es un efecto secundario que trae de cabeza a los grupos políticos, sociólogos, politólogos y de todos aquellos que desde las distintas disciplinas tratan de explicar lo que nos está ocurriendo.

La primera conclusión es que no hay elección irrelevante y menos para los dos grandes partidos que, en cuestión de meses, se ven cercados en sus territorios electorales y que a día de hoy viven zarandeados por tanto susto. Y no es para menos. Ya ni PP ni PSOE pueden hablar de «nuestro electorado». Ya no hay voto cautivo y si lo hay no es suficiente para ganar.

Pero los efectos secundarios no solo afectan a los dos grandes. Ahí está Podemos, gestionando como mejor puede y sin asamblearismo que valga el no cumplimiento de sus expectativas en Andalucía y admitiendo, aun cuando vayan a obtener buenos resultados, que ya no son lo que eran, ni sus relaciones internas están tan lubricadas como hace apenas dos meses y al final de los finales, quien manda es Pablo Iglesias. Es verdad, que Podemos tiene un funcionamiento más abierto que los demás partidos, pero no hay que engañarse. A la hora de la verdad en Podemos y fuera de Podemos, siempre hay alguien que tiene la ultima palabra.

Por el contrario, Ciudadanos digiere el resultado andaluz y administra las expectativas de futuro. En Madrid se presentan en 40 ayuntamientos y en apenas unos meses han pasado de 30 afiliados a 4.000. Los datos, si no quieren cometer errores, los tienen que administrar con tanto tiento como audacia. El salto andaluz ha sido definitivo para Albert Rivera, el único activo realmente conocido y reconocible de Ciudadanos.

Su discurso no es un discurso enrevesado ni combativo. No pretende asaltar el cielo, que es mucho asaltar, y si propiciar cambios sin que nadie se asuste. Pero tan importante, en el caso de Ciudadanos, es su discurso como su líder que ha acertado de lleno en la forma y en el tono.

En su momento, la estrella, ya apagada, era Rosa Díez, luego vino, para algunos, Pablo Iglesias, que ya brilla menos y ahora llega Albert Ribera. Ambos con el entusiasmo propio de la juventud y la libertad de no haber gobernado nunca, que es lo difícil, como gusta decir a Rajoy. Ambos aspiran a cambiar el mundo al igual que otros lo hicieron antes pero a ambos, como a todos, les llegará el momento de comprobar en sus carnes la crueldad de la política. Y su fugacidad. La lista de «desaparecidos» es inmensa.

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