Antonio Casado

El coste de la recuperación.

El martes pasado el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, presumió de recuperación económica ante la aristocracia de su partido. De las políticas que han hecho posible esa recuperación, por mejor decir, gracias al sacrificio de muchos españoles. Y mire usted por donde, veinticuatro horas después, el gobernador del Banco de España, Luís María Linde dijo ante un nutrido grupo de representantes del sector financiero que la inspiración de esas políticas, marcadas por los recortes presupuestarios, con efectos sobre la calidad de los servicios públicos, no es la «austeridad» sino en el «patriotismo».

La coincidencia de Rajoy y Linde en la exaltación de la política económica del Ejecutivo ha vuelto a desatar la polémica sobre la presunta independencia del máximo responsable de la institución respecto a quien le nombra. Pero, por encima de eso, vuelve a poner de manifiesto la relación entre las políticas de austeridad y sus devastadores efectos colaterales en el tejido social del país. Me refiero básicamente a tres: desigualdad, pobreza y daños en el funcionamiento del Estado del Bienestar.

Lo aberrante es endosar esos efectos de la austeridad al supuesto patriotismo del Gobierno. Es lo que les faltaba por oír a millones de españoles que no comen de la prima de riesgo, la subida de la bolsa o la facilidad con la que el Estado coloca ahora sus bonos, sino que se ven agobiados para llegar a fin de mes o hacen cola en los comedores sociales.

Uno de cada dos trabajadores es mileurista. Echen cuentas de lo que significa de cara a las urnas. Por eso se han colado en la campaña electoral los costes sociales de la muy celebrada salida de la crisis económica. Con la valiosa colaboración de las ONG que, como Oxfam Intermon, han pedido a los partidos políticos de los países desarrollados que sus programas electorales incluyan incorporen medidas contra. Su directora adjunta, la ugandesa Winnie Bianyima, declaraba recientemente que líderes mundiales como Christine Lagarde o Barack Obama han hablado de la necesidad de luchar contra la desigualdad «pero aún estamos esperando -dicen- a que prediquen con el ejemplo».

El asunto nos concierne. Somos el segundo país más desigual de Europa, por detrás de Letonia. Y ya es un lugar común de todos los debates recordar que el 1 por 100 de la población española concentra más riqueza que el 70 por ciento más pobre.

Procede en este punto recordar que en el reciente debate sobre el estado de la Nación, el presidente Rajoy se digirió a los paganos de la crisis, es decir, a los millones de españoles que sufren las consecuencias del paro, la desigualdad, la pobreza y los recortes en los servicios públicos. Dijo que se aliviará su situación ahora que la economía ya crece, pues si no creciera no habría nada que repartir. Seguimos a la espera.

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