Rosa Villacastin

Los sintecho entran en campaña electoral

Si algunos políticos hicieran el ejercicio de escuchar las cosas que dicen cuando están ante un auditorio que le es afín, no podrían mirarse al espejo al llegar a su casa, avergonzados como deberían sentirse ante la falta de empatía que demuestran hacía aquellos ciudadanos que más deberían preocuparles: los sintecho, los desahuciados, esas familias que debido a la crisis económica han perdido el trabajo, la casa, la estabilidad e incluso la salud. Esos que hasta hace bien poco eran como tú y como yo, pero que ahora se ven abocados a dormir en la calle, a pedir en la puerta de los supermercados, a deambular por la ciudad sin rumbo fijo, en un intento desesperado por llevarse algo a la boca o dar de comer a sus hijos. Los hay también, como vemos cada día en los informativos, que se juegan la vida para encontrar un resquicio por el que colarse a un mundo donde no se les discrimine, donde no se les maltrate por el color de su piel, por la religión que practican, o por el sonido de su voz.

Quiero pensar que cuando Esperanza Aguirre, por ejemplo, candidata a la alcaldía de Madrid por el PP, y dice eso de que hay que echar a los pobres de las calles de nuestra ciudad para que los turistas que vienen a visitarnos no vean los estragos de la pobreza, no está pensando en nadie en concreto, y que lo hizo sin pensar en la repercusión que sus palabras iban a tener en las redes sociales, entre las ONG, entre la buena gente que todavía siente compasión por sus vecinos, aunque estos no pertenezcan a su misma clase social. Es posible que algunos crean que en el fragor de la batalla electoral todo les está permitido y digan lo que digan no les va a pasar factura porque hay gente, mucha gente, que desgraciadamente piensa como ellos, que aplaude lo que Esperanza expresó en voz alta, convencidos como están de que entre esa pobre gente no está su caladero de votos.

Tengo entre mis manos una maravillosa novela «Peligro de derrumbe», escrita por Pedro Simón, gran periodista, escritor y reportero, Premio Ortega y Gasset de Periodismo. Un género, el reporterismo, que él cultiva desde hace tiempo, en el Diario El Mundo, y que es por el que abogaba García Márquez en sus talleres de periodismo, entre otras cosas porque el reportero tiene la virtud de mostrarnos el mundo, a la sociedad, a la gente, tal como son, con toda su crudeza pero también con toda su belleza. Una realidad que está ahí, a la vista de todos pero que no todos quieren ver y pulsar. Quizá por miedo, quizá porque eso es lo que les enseñaron, o simplemente porque hace tiempo que en su corazón no anida más que el desprecio y el rencor.

A Pedro le conocí cuando estaba preparando su anterior libro «Memorias del alzheimer», y me cautivó por su sensibilidad, y porque lo que verdaderamente le gusta es sumergirse en la vida de los perdedores, mucho más enriquecedora que la de los vencedores. Y lo hace con trazo grueso para que no olvidemos lo que somos y donde podemos terminar si a nuestro destino se le cruzan los cables, pero también porque es capaz de en las situaciones más difíciles y controvertidas hacer aflorar lo mejor del ser humano. Ya que como bien dice Enric González en el prólogo, el periodismo consiste en contarle a la gente qué le pasa a la gente. Y la gente son personas.

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