AndrŽs Aberasturi

El Primero de Mayo, una anécdota.

Esto ya no es lo que era y no vale como disculpa el entusiasmo de los primeros años de libertad tras aquel tiempo en que San José Obrero y la «demostración sindical presidida por el Generalísimo» escondían la verdadera realidad del día del trabajo, una fecha entonces clandestina y perseguida. Admitamos que los primeros fervores de la democracia no podían durar eternamente, pero admitamos también la otra realidad que se viene repitiendo en las últimas convocatorias: los sindicatos han perdido buena parte de su crédito entre tarjetas opacas, ERES, dineros desviados para pagarse a ellos mismos y hasta despidos de sus propios trabajadores al amparo de una reforma laboral que luego critican desde los púlpitos.

Poca gente ya cree en los sindicatos y esa falta de fe se la han ganado a pulso. Pero esto no sólo no es bueno sino que es triste, peligroso y debería ser motivo de reflexión en primer lugar para ellos mismos y en segundo lugar para los que se preocupan por la buena salud de la democracia. Pero no parece que esta reflexión cale. Siguen con los mismos tics y con el mismo discurso de cuando entonces y el mundo ha cambiado. España hace mucho que dejó de ser una autarquía vertical y los países de la Unión Europea juegan todos al mismo juego y cuando uno se desmarcarse de sus reglas, le pasa lo que a Hollande: que tiene que recular a marchas forzadas porque ni Francia, siendo Francia, camina sola por el mundo y Grecia se mete en un callejón sin salida y echa un pulso al resto de los socios cuando su economía carece de músculo económico para toser a nadie. Se puede ser pobre y no perder la dignidad; lo que no se puede es ser pobre y exigente.

Y aquí en España, cuando realmente se empieza a ver una cierta y lenta recuperación, sólo se echa en cara los millones de parados para negar cualquier atisbo de optimismo. Y siendo tan absolutamente dramática la situación de los que siguen sin empleo, no es del todo justo en negar que, al menos, se ha frenado la caída en picado que, por cierto, dejó en herencia Rodríguez Zapatero que tanto daño a hizo a España como hizo -y sigue haciendo- al PSOE.

Es posible que el liberalismo no sea la única solución; que mejor que ajustar hubiera sido invertir. Es posible. Pero cuando uno está en un club debe seguir las reglas de la mayoría y volvemos a los ejemplos de Francia y Grecia. Y esto es lo que hay, en eterno enfrentamiento entre unos y otros que ni siquiera se aparcó ante una crisis dolorosísima y agravada en España por la maldita burbuja. Cada uno defiende sus teorías y recetas y todos tienen, como es natural, el derecho para hacerlo, pero lo que estaba claro es que de esta salíamos todos juntos o no salía nadie. Pues no, no sólo no estábamos unidos sino que a estas alturas el líder o lo que sea del PSOE anuncia que piensa reformar el estatuto de los trabajadores en cuanto llegue al poder. Lo malo es que el mapa ya no es el que era y aquí la que se avecina va a ser complicada. El PP que sigue erre que erre vendiendo los buenos datos macroeconómicos y sin querer mirar la suciedad que se le amontona en su patio interior; el PSOE que lo quiere cambiar todo pero no se sabe cómo; Podemos que sigue la vía griega por mucho que se desdiga cada día de sus promesas iniciales; IU que desaparece y Ciudadanos que siguen siendo una incógnita.

Pues bien, ante este panorama lo del día del trabajo no deja de ser, tristemente, una anécdota.

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