Francisco Muro

Encumbrar y hundir.

O hundir y encumbrar. Lo hacemos con una innata facilidad, como si hubiéramos estudiado para eso. Sucede en la cultura, en los espectáculos, sobre todo en los deportes, también en la política. Con una falta de rigor que merecería ser estudiado en las Universidades. Por no irnos muy lejos, a Fernando Alonso se le ha olvidado de golpe pilotar un fórmula 1, Rafa Nadal no sabe ya dar un revés; Sergio García no gana un grande y Casillas, hasta hace unos días, se había convertido en la clave de las derrotas del Real Madrid.

No sólo son criticados, sino hasta insultados por personas que no tienen carné de conducir, que no han jugado al tenis en su vida o cuya experiencia futbolística o golfista se ha desarrollado delante del televisor. Hoy son unos mantas y mañana, si vuelven a ganar o si, como Casillas, salvan equipo de una derrota, vuelven a ser los mejores del mundo. «Ya te lo decía yo, el mejor», dice el mismo experto que hace unas semanas afirmaba con rotundidad: «es que se lo ha creído y ya ni entrena…». El último ejemplo es Chicharito, el futbolista mexicano del Real Madrid que casi no ha jugado en toda la temporada y por el que ahora, por dos partidos de éxito, hay que pagar urgentemente 20 millones de euros. Falta respeto por las personas, por profesionales que se dejan la piel y que, contra todo pronóstico, han llegado a la cumbre mundial. Falta rigor.

Lo mismo sucede en política. Resulta que los líderes más valorados son Pablo Iglesias y Albert Rivera, o al revés. Y también los que tienen «mayor capacidad, mayor credibilidad y mayor liderazgo». Y hasta Rosa Díez, a pesar del espectáculo que está dando, queda bien. Pero resulta que la respuesta espontánea y la respuesta reflexiva no tienen nada que ver. Es difícil que cualquier ciudadano no mal informado sea capaz de decir un par de nombres de peso que estén detrás de Albert Rivera. Y su partido no tiene ninguna experiencia de gobierno, pero ya está haciendo guiños a Susana Díaz en Andalucía. Con Podemos, sucede lo mismo. De aquellos chicos que arrancaron hace unos meses y lograron plaza en el Europarlamento, queda poco. Monedero se ha ido asqueado y hundido por sus mentiras y su papelón fiscal y los Iglesias, Errrejón, Bescansa y demás están dando la vuelta a su ideología como si fuera un calcetín. Y todavía no han tocado el poder.

En política, como en el deporte o en la vida profesional, hay que acabar con los arribistas, con los golfos, con los que roban, con los que se aprovechan de su fama, casi siempre efímera. Pero también hay que tener respeto por la gente honesta que trata de hacer bien su trabajo y no hay que dar cancha a los que hablan sin conocimiento o con mala fe. Y en política, los experimentos hay que hacerlos con cuidado. Además de nombres o de slogans, hay que tener programa y personas capaces. Y ninguna soberbia. Lo otro dura lo mismo que un caramelo a la puerta de un colegio. Que se lo pregunten a Rosa Díez.

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