Fernando Jauregui

Las falacias de eso que se llama ‘campaña electoral’

Faltan ya escasas horas para el comienzo oficial de eso que se llama ‘campaña electoral’, y que se diferencia formalmente de lo que ya estamos viviendo apenas en que los candidatos pueden pedir directamente el voto a quienes acuden a sus mítines o a sus entrevistas. Poco más. Las innovaciones que se introducen en la vetusta legislación electoral española son tan escasas, la imaginación de los organizadores de estos ‘rallies’ es tan alicorta, que las campañas siguen siendo más o menos lo que eran: un maratón del candidato por pueblos, comarcas, bares, mercados y, si les dejan, hospitales y escuelas, besando a niños, saludando a tenderos, estrechando manos de viandantes y desoyendo cualquier voz de protesta que pueda alzarse en la concurrencia que pasa y que es sofocada por los servicios de orden, por así llamarlos.

En general, el candidato es un señor que gusta de reunirse con sus militantes –porque el candidato ama, como usted y como yo, los aplausos– en almuerzos masivos que no mueven un solo voto, que trata de salir favorecido en las teles, incluso cuando se trata de participar en un debate con reglas más o menos acordadas, que dice desconfiar de las encuestas –sobre todo, cuando son malas– y que acaba la campaña llegando a la malhadada ‘jornada de reflexión’ afónico de tanto repetir el mismo discurso. Un discurso que, claro está, ya tiene hartos a los periodistas que, a trancas y barrancas, han seguido su campaña. Nada nuevo, por tanto, en la iconografía de los mítines, ni en los mensajes televisados, ni en la estructura de los debates –curioso: el líder de Podemos se ha negado, hasta el momento, a sentarse frente a frente con el máximo dirigente de Ciudadanos: hubiese sido al menos una novedad interesante, quizá hasta importante–, ni en la reglamentación que prohíbe difundir encuestas a partir de un determinado momento. Así, a nadie le puede extrañar que las campañas electorales tengan mala prensa, porque es poco lo que aportan al acervo político nacional, más allá de algunas ‘ocurrencias’ que el electorado sabe que se aventan para salir del paso y provocar titulares, pero sin mayor trascendencia.

Y no. Me parece que los ciudadanos están pidiendo otras formas, otros modos, que caminen más lejos que los eslóganes publicitarios repetidos en las redes sociales y en los medios tradicionales, que sean mucho más ambiciosos que los debates televisados en los que la gente corriente y moliente nunca pregunta, y cuando pregunta es sometida al corsé de lo políticamente correcto. En suma: me parece que nos está faltando a todos, candidatos, ‘aparatos’ de los partidos, medios y sociedad civil en general, imaginación para romper con lo usado, con lo establecido desde hace tanto, tanto, tiempo que ya es por completo ineficaz. Necesito que alguien, desde el atril, me diga en qué van a cambiar mi vida estas elecciones si las ganan unos, otros o los de más allá. Vana esperanza.

Yo, la verdad, si no fuese porque es una obligación profesional –y aun así–, no pisaría mitin de partido alguno.

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