Francisco Muro

No se hablan

Lo importante es la estrategia, pero no basta, hay que saber qué se quiere conseguir. Estamos en le recta final de la campaña y andan casi igual de desesperados los votantes y los candidatos. Estos, dispuestos a prometer lo que sea: clases escolares de hip hop, ovejas cortacésped, 90 urinarios más en las calles de Madrid, acabar con el AVE o blindar su desarrollo bajar el IVA… Ninguno ha llegado a lo que prometió a sus votantes un candidato presidencial mexicano: «un puro, un cadillac y una entrada para los toros». Tampoco ningún eslogan mejora ese de otro candidato mexicano que decía: «Si es usted un animal, vote a Pascual; si son puros sus anhelos, vote a Vasconcelos». Todo se andará. Los votantes andan desesperados porque hoy por hoy el primer partido es el de los indecisos.

Pero me ha llamado la atención una reflexión de Albert Rivera. No hablo de sus propuestas sobre financiación, reforma de la Constitución o pactos. Rivera dice que «no he hablado nunca con Rajoy. Me parece increíble que a estas alturas, Rajoy, Sánchez, Iglesias y yo no tengamos una relación fluida». Los políticos españoles -con la excepción de la transición y del Rey Juan Carlos que llamaba frecuentemente a líderes de uno y otro signo, con o sin publicidad, para saber qué pensaban sobre muchos temas- no se hablan entre sí. No lo hacían Aznar y González ni Rubalcaba o Zapatero y Rajoy. Pero tampoco se hablan Rajoy y Aznar, Aguirre y Rajoy, Sánchez y Susana Díaz, Errejón y Monedero, Rosa Díez con los suyos -si es que sabe quiénes son los suyos-, Artur Más y Durán Lleida… Cómo extrañarse, entonces, de que líderes de formaciones en competencia vayan a cambiar impresiones, a dialogar, a escuchar lo que cada uno puede aportar a la gobernabilidad del Estado? No hay lugares donde se dialogue menos que en los comités ejecutivos, en las Juntas directivas de los partidos o en el mismo Parlamento donde sólo hay monólogos continuados.

Ese es uno de los males de nuestra política, como lo es de nuestra sociedad. No es fácil mantener una conversación con algunos amigos, si los temas a debate son la política o el fútbol. Hace poco, una amiga nos decía que si presentía que uno de esos dos temas iba a salir en la conversación, no sentaba en la misma mesa a su marido y a su cuñado. Pero es que tampoco se enseña a dialogar en la escuela, a cambiar impresiones, a ponerse en el lugar del otro, a creer que no siempre llevamos razón en todo. (Yo también me doy golpes de pecho).

Ahora que van a tener que dialogar por necesidad, tal vez cambie el espíritu de los políticos, incluso de los que excluyen a otros de cualquier diálogo postelectoral sólo por razones electoralistas. La ceguera intelectual de nuestros gobernantes y su sordera activa, han hecho posible la debilidad de este Estado democrático ante los ataques de la demagogia y su empobrecimiento, ante la falta de diálogo y de escucha. A ver si cambia algo.

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