Ferm’n Bocos

El escándalo valenciano

La ¿última? noticia relacionada con la corrupción habla de la detención del delegado del Gobierno en Valencia. Serafín Castellano se llama el caballero. Lo ha sido casi todo en el PP valenciano. Incluido el honorable cargo de ‘conseller’. Castellano, por lo que dicen quienes conocen las tripas de la política valenciana es un político muy ducho en el arte de la supervivencia. Fue zaplanista cuando Eduardo Zaplana estaba en la cúspide de su baronía, después descubrió a Francisco Camps y en la última etapa su timonel de referencia ha sido el desbordado Alberto Fabra. Geometría variable o escuela Cotino, otro as de la supervivencia política también atorado en sargazos judiciales.

A Castellano le vienen siguiendo los pasos desde la Fiscalía Anticorrupción desde el mes de octubre. Está bajo fundados indicios de haberse dejado corromper. La Justicia dirá, pero el mal ya está hecho. El delegado del Gobierno es un personaje institucional. Es el representante del Ejecutivo y en términos jerárquicos está solo un peldaño por debajo de los presidentes de la comunidades autónomas que son los representantes del Estado. Quiere decirse que no solo están para cumplir y hacer cumplir las leyes. Son -o deberían ser- el primer ejemplo de probidad. Espejo de virtudes cívicas en el que poder mirarse los ciudadanos.

Dejando a salvo la presunción de inocencia, lo malo de estos casos es que el mal ya está hecho. Han sido tantos y tan reiterados los casos de corrupción relacionados con dirigentes del PP en aquella comunidad (‘consellers’ encausados, diputados regionales imputados, otros procesados y algunos ya condenados, alcaldes juzgados por corrupción, casos de soborno, etc., etc.) que la gente ve que llueve sobre mojado y ante cualquier noticia de esta naturaleza, se pone en lo peor. Da por hecho que hay algo turbio, cuando no directamente delictivo, con lo cual queda arruinada la presunción de inocencia. El PP está urgido de una refundación en la Comunidad Valenciana. Los electores les han enviado un mensaje inequívoco. Están en puertas de perder todo el poder: en la comunidad, en los ayuntamientos y en las diputaciones. Pero no acaban de entender que el origen del hundimiento es el hartazgo de la gente ante la pléyade de casos de corrupción. No lo entienden y se consuelan agitando el espantajo del miedo en los medios de prensa afines. ¡Que vienen los «antisistema»! Todo menos echar a patadas a los corruptos que han hundido al partido. Así les va.

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