Fernando Jauregui

El discurso de Sánchez, el silencio de Rajoy.

Parece mentira, pero las elecciones que-están-cambiando-el-ser-político de este país ocurrieron hace solamente una semana. Desde entonces, hemos asistido a un cambio de rumbo -con anuncio de cambios incluido- en el siempre demasiado breve discurso del presidente Rajoy; y a lo que algunos creen que casi podría considerarse como una imperceptible rectificación en la política de pactos -«ni con Bildu, ni con el PP»- del secretario general del PSOE, Pedro Sánchez; una rectificación que, de darse, que yo aún no lo veo, habría estado impulsada por la presidenta andaluza en funciones, Susana Díaz, que ve que puede necesitar a los ‘populares’ para resultar investida. Veremos en qué paran estos nuevos rumbos, si es que los que representan al todavía bipartidismo deciden emprenderlos, siguiendo la senda de lo desconocido, y de lo creativo, que han dictado las urnas.

Me consta que no todos los socialistas presentes en la reunión del comité federal de este sábado compartían la tesis ‘de hierro’ de Sánchez de aislar al PP en la soledad. Cierto que el PP, con su falta de estrategia, con sus negativas reacciones tras la jornada electoral del pasado día 24 -aunque con casi dos millones de votos menos, las ganaron; pero han dado la impresión de haberlas perdido por descalabro-, con sus escándalos pasados que ahora afloran, se ha hecho acreedor a ese aislamiento. Pero ¿es dividir nuevamente a las dos Españas entre la de izquierdas y la de derechas la táctica más adecuada? ¿Es el PSOE, como dijo este sábado Sánchez ante su comité federal, la única alternativa al PP? ¿Es el PP la única opción posible para que España ‘siga en el buen camino’, como tanto ha repetido Rajoy? ¿O lo que han indicado las urnas es precisamente que hay opciones nuevas, soluciones pactadas, caminos intermedios ante el frentismo?

Menos sacar pecho y más humildad para incorporar lo bueno que los otros puedan aportar. Creo que ha llegado la hora de enviar la imaginación al poder, como querían los revolucionarios del 68. No es la hora de insuflar miedo a la ciudadanía ante los cambios inevitables, marcados por la votación del domingo pasado, diciendo que nos miran con aprensión desde fuera, que se van a retraer las inversiones, que nos caerán encima todos los males del Averno cuando Ada Colau mande en Barcelona y Manuela Carmena en Madrid. Muchos, creo que algo irresponsablemente, azuzan desde la derecha este miedo a un ‘frente popular’. Paralelamente, en la izquierda, en sus diversas opciones, se agitan las banderas de combate frente a la ‘derecha reaccionaria y corrupta’. Un lenguaje sectario con el que hay que acabar a base de conciliación, diálogo y pactos, pactos, pactos. De eso se va a hablar esta semana que comienza, a varias bandas y con variados interlocutores. Ya va siendo hora de que Rajoy abra las puertas de La Moncloa, de que comparezca más ante los medios –y de que se callen algunas voces pizpiretas–, de que hable con todos, desde Pablo Iglesias hasta con los dirigentes de Vox, a los que tendría que recuperar para su proyecto integrador. Y ¿por qué no va a hablar Sánchez con el presidente del Gobierno? Ya lo hace, creo, pero como con clandestinidad y alevosía, tapando el auricular, no vaya a ser que su pretendido ‘giro a la izquierda’ se ponga en cuestión. Mercadotecnia política.

Hay que regenerar el país. No solamente de los Serafín Castellano y sus escopetas, tan aireadas en estas horas por quienes propician también el linchamiento mediático de los corruptos, sean del nivel que sean. No solamente de los castizos León de la Riva. Yo quiero justicia, no autos de fe ni penas de telediario; quiero honradez, no solamente proclamas. Y quisiera que el concepto de regeneración incluyera, además de imágenes de esposados que son puestos en libertad a las pocas horas -y conste que líbreme Dios de defender a quien, desde un puesto oficial, delinque–, pactos para reformar la legislación electoral, para incrementar la equidad en el país de las diferencias sangrantes, para modificar algunos artículos de la Constitución que están simplemente obsoletos. Es decir, pactos para mejorar la calidad de la democracia, que no es solamente, aunque también, atajar una corrupción que me parece que afortunadamente ya nunca será tan descarada como lo ha sido, en Valencia, desde donde hoy escribo, en Madrid, en Sevilla y en otros muchos puntos de España.

O en Cataluña, claro. Me gustaría mucho que esos pactos sirvieran también para reafirmar la solidez de la unidad nacional, una reafirmación que no sé si pasa por hacer coincidir, como dicen algunos en el PP, las elecciones generales con esas ‘autonómicas plebiscitarias’ que aún quiere celebrar en septiembre un cada día más perdido Artur Mas.

No estoy, por tanto, seguro de que la ‘formulación de un nuevo proyecto de país’, como lo definió este sábado Pedro Sánchez, que cada día se esfuerza con más éxito en presentarse con la imagen de próximo presidente del Gobierno de la nación, pase por el enfrentamiento puro y duro con el PP, que recuerdo que sigue siendo el partido más votado de España. Menos aún creo que los silencios y la mirada baja de Rajoy, que afronta cada mínima mudanza como arrastrando los pies con desgana, sean ahora lo que más nos conviene a los ciudadanos. Ni las exigencias, a veces algo chulescas, de alguno de los ‘emergentes’ con los que uno y otro tendrán necesariamente que transar. ¿Seguro que todos ellos piensan en el ciudadano, en usted, en mí, en nuestros padres, en nuestros hijos? ¿O estamos, y de ahí el enorme desconcierto generalizado de los que miramos cómo nuestros representantes actúan en estos días pos y pre electorales, ante un simple juego de poder, de tronos?

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