Fernando Jauregui

El adelanto electoral y otros cambios sustanciales

Crece el número de quienes aventuran que, rompiendo su tradicional previsibilidad, Mariano Rajoy podría adelantar las elecciones generales a septiembre, haciéndolas coincidir con las autonómico-plebiscitarias que Artur Mas fijó para el 27 de ese mes, quince días después de la celebración de la Diada. Eso obligaría posiblemente al president de la Generalitat catalana a posponer sus planes secesionistas acaso durante un año, para no hacer coincidir ambos actos electorales: tiempo ganado, al menos, a la espera de que aires más racionales se instalen en la plaza de Sant Jaume.

Lo cierto es que consulto en ámbitos del Partido Popular, incluso cercanos al presidente, y aseguran no tener noticias al respecto. No me extraña, porque Rajoy es persona poco afecta a contar sus planes más allá del cuello de su camisa. Y ya se sabe que uno de los pocos privilegios que se le permiten a un jefe de Gobierno es disolver las cámaras cuando quiera -dentro de los plazos constitucionales, claro- y, además, poder disimular, y hasta mentir, acerca de la fecha en la que piensa hacerlo. Así que, simplemente, no me fío, en este caso, más que de mis intuiciones, que no tienen por qué circular por los derroteros que Rajoy le marca a su cerebro.

Diré, sí, que la Legislatura ya está de hecho terminada y que pocas cosas justifican agotar los plazos legales, llegando hasta diciembre para convocar entonces las elecciones. Es más: la sensación de provisionalidad que se ha instalado en la ciudadanía a raíz de los resultados de los comicios municipales y autonómicos del pasado día 24 justificaría plenamente un adelanto solo por eso. Ignoro los cálculos de Rajoy, pero a mí me da la impresión de que su desgaste será mayor cuanto más tiempo deje pasar a la espera de una mejora definitiva de la situación económica, lo que va a tardar. Mientras, veremos multiplicarse las rencillas internas, la pérdida de peso territorial del PP y el auge de otras formaciones, que no tendrán tiempo para ir disminuyendo en el aprecio ciudadano de aquí a finales de año.

Y luego está la ‘cuestión catalana’. Si Artur Mas celebra ‘sus’ elecciones del 27 de septiembre sin que desde el Gobierno central se haya ensayado movimiento alguno, y si esas elecciones redundasen en un triunfo claro de las tesis independentistas, o al menos en alguna ‘movida’ desestabilizadora, no solo Rajoy tendrá un problema: lo tendremos todos los españoles. Y sin duda castigaremos el inmovilismo del que el presidente del PP, tan reacio a los cambios y a los desplazamientos bruscos -y aun leves-, está haciendo gala.

No se trata, además, de una cuestión relacionada con los intereses electorales del PP y menos aún con la supervivencia política de Rajoy; se trata del bien del país. Y a mí me parece que cuanto sirviese para poner palos en las ruedas de los planes insensatos de Mas, tan peligrosos para los catalanes en su conjunto, y para él mismo, sería bueno para España. Y quizá fuese bueno hasta para el propio Mas, que, con su ‘plebiscito’, se ha colocado al borde del suicidio político.

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