Fernando Jauregui

Mi agenda ha ido a parar a la basura

He tenido que tirar mi agenda, abultada con muchas direcciones, teléfonos, correos electrónicos. Cuatro años de trabajo, a la basura. El dilema al que nos enfrentamos ahora los periodistas, tantos los veteranos como los más jóvenes, es que tenemos que renovar nuestras fuentes casi al completo. El desempeño de una cátedra ambulante de comunicación me hace viajar constantemente por todo el país, convocando actos a los que asisten presidentes autonómicos, alcaldes, presidentes de diputaciones.

Hasta el pasado 24 de mayo, creía poseer una agenda de fuentes razonablemente interesante en todo el territorio nacional. Ahora, ya de nada me sirve. La renovación ha sido de tal calibre que no es que ya no me queden coetáneos en puestos de responsabilidad política autonómica o local (el último ‘decano’ autonómico, el riojano Pedro Sanz, ha salido por la ventana de los pactos del PP con Ciudadanos): es que ni siquiera quienes eran sus segundos de a bordo, los/as jefes/as de Gabinete, directores/as de comunicación, asesores/as y secretario/as a los que con tanto ahínco informativo cultivamos los sufridos informadores, existen ya por parte alguna. Los veinte mil despachos que han cambiado de inquilino -y los que van a cambiar- han caído sobre las espaldas de nosotros, los informadores, como una losa: vamos a tardar meses en recomponer esas agendas, hoy caídas en desuso.

Y veremos cómo se recomponen. Porque a mí me gustaría que no se tratase solamente de un mero cambio de nombres -mismos teléfonos oficiales, nuevos teléfonos móviles particulares, que hay que procurarse uno a uno, con dedicación y mimo–, sino de una relación nueva con las fuentes, más transparente, mucho más participativa. Así, cuando Mariano Rajoy reconoce que el PP tiene un problema de comunicación, me temo que está pensando más en esas televisiones a las que acusa de airear los problemas de corrupción de su partido que en las deficiencias propias y de sus cercanos a la hora de la proximidad con los ciudadanos. Y no, eso sospecho que no se va a arreglar con los nuevos portavoces, por mucha voluntad que esos nuevos traigan -que la traen– en cuanto a más sonrisas y más explicaciones y menos plasma y menos desplantes. Si el dedo omnímodo no deja de creer, por ejemplo, en la omnipotencia digital, lo mismo da a quién se coloque en las portavocías, ni lo bien o mal que sus responsables lo hagan, que sin duda lo harán bien, esperemos.

En esas estamos; en la sensación de que el cambio imparable que viene no consiste solamente en sustituir a un par de ministros y a algún responsable en el partido, sino en colocar las mentes en ‘modo pacto, diálogo y mayor flexibilidad’. Yo recomendaría a los nuevos responsables políticos, y a los que quedan de la vieja hornada (que son cada vez menos), que aprovechen para tender manos, además de hacia la calle, también específicamente hacia el mundo de la comunicación, en estos momentos en los que los informadores abordamos la ardua tarea de tirar por la ventana nuestras agendas no tan viejas, pero ya inservibles, sustituyéndolas por las que las urnas y los pactos han impuesto.

Algunos, quizá comenzando por la propia fuente de casi todo poder político, la gran esfinge, creen que sí, pero lo cierto es que no somos enemigos ni de los que se van ni de los que llegan: me gusta pensar que los periodistas somos, nada más y nada menos, los intermediarios entre el mundo oficial y la ciudadanía: los que se creen que noticia es todo aquello que alguien no quiere que se publique. No sé si siempre cumplimos este papel a la perfección; seguramente no. Lo que sí sé es que ciertos políticos -no todos, esa es la verdad- nos lo ponen bastante difícil. Al menos, los que hasta ahora figuraban en nuestras agendas, unas agendas que -y conste que apenas constato una realidad y aborrezco hacer leña del árbol caído– hogaño reposan en algún cubo de la basura, sic transit gloria mundi…

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