Luis Del Val

Sonrisa de triturador

Somos bastantes los periodistas que hemos sido injustos con Artur Mas. Siempre le vimos como el becario casual que dejó Pujol, el torpe aprendiz que tenía que demostrar su valía para evitar desconfianzas, el político que esconde su torpeza en la apariencia enérgica, y no supimos ni siquiera intuir sus portentosas cualidades. El matrimonio entre Convergencia i Unió era como esas penicilinas de amplio espectro que lo mismo sirven para que vote el burgués socio del Liceo, que el botiguer moderado. Duró gracias a Durán, que es un duro con aires melifluos, durante 37 años, pero no contábamos con la prodigiosa capacidad trituradora de Artur Mas, su enorme poder de destrucción.

Todo arranca de aquél tripartito que dejó a Artur Mas en la oposición. Las humillaciones siempre provocan reacciones peligrosas. Aquél tripartito dejó hecho trizas al socialismo catalán por su abrazo con Ezquerra, y todavía no se ha repuesto, pero Artur Mas, en lugar de tomar lecciones de aquel fracaso, se convirtió en el presidente del club de fans de Ezquerra, y así, elección, tras elección, ha ido convirtiendo el próspero partido de las comisiones, que le entregó el millonario y corrupto Pujol, en un adelgazado resto. Pero faltaba algo más: el divorcio con la democracia cristiana, «et voilà», lo que parecía imposible resulta que estaba al alcance de poder destructivo de Artur Mas, siempre minusvalorado. La ruptura perjudica a las dos formaciones, con el mismo paralelismo que la ruptura de Cataluña con el resto de España perjudica a todos y no beneficia a nadie. Pero es que cuando el triturador sale con vocación y con cualidades no hay quien lo pare. Por eso, se entiende esa media sonrisa bajo las gafas, esté con el Rey o ante la prensa. Es el reflejo de ese gran regocijo interior que le produce saberse un triturador excepcional, sin que los demás lo hayamos reconocido.

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