Éstas son las noticias que de verdad importan. Hay sociedades condenadas, pero las personas tenemos abierta la salvación.
Con motivo de la muerte de la actriz, Juanjo Romero, que tiene más de periodista que algunos directores de periódico, recuperó en su blog este artículo que escribió en junio de 2010 sobre la actriz Laura Antonelli, cuando se anunció la muerte de ésta.
Mientras en Holanda se propone la supresión de límites a la eutanasia de niños (para hacer la vida más cómoda a los padres) y el gobernador del Banco de España reconoce que las pensiones públicas de jubilación serán de risa (porque no hay niños y no hay trabajo), Antonelli dejaba este mundo en Paz.
El testimonio de Antonelli nos demuestra que si bien las sociedades pueden estar condenadas, como es el caso de las de Europa Occidental, las personas tenemos esperanza para la conversión y la salvación.
La semana pasada la opinión pública italiana se sacudía con la petición de auxilio de Lino Banfi en el Corriere della Sera. También actor, amigo de Laura, utilizaba su tribuna para pedir a los poderes públicos que en virtud de una ley de 1895, el gobierno italiano se hiciese cargo de la indigencia de la ex-actriz, que con 69 años sobrevive con 510€ al mes.
Apagados los encantos naturales, la Antonelli intentó sustituirlos por los artificiales de una cirugía estética que terminó por desfigurarle el rostro. La puntilla se la dio una condena por tráfico de cocaína, que tras diez años de apelaciones fue desestimada. Me vino a la cabeza el extraordinario paralelismo con la trayectoria de Mickey Rourke.
Desaparecida del mapa, escondida de los medios y de los pocos amigos; Lino Banfi consigue presentarse en su casa y el panorama es desolador. Quiere quitar hierro con una broma «sí, yo también he engordado». El actor dice que «se le encogió el corazón». Oye ruidos en el fondo de la estancia, y para continuar la conversación le pregunta que qué está viendo:
Hace más de veinte años que no veo la televisión. Sólo escucho Radio María y rezo.
Vive de su exigua pensión, de Cáritas y de la parroquia. Supongo que como gracias a Dios los italianos son así, la historia tendrá un buen final. Pero es inevitable pensar que la ley natural nos protege de nosotros mismos, y que cuando decidimos ignorarla ahí está la Gracia, ya sea de modo extraordinario o a través de pobres instrumentos, como el párroco, o esos voluntarios de Radio María. Al final, una vez más, ahí está la Iglesia, con gratuidad, como una buena madre.
CODA: Cuando pienso en Laura Antonelli rezando en la iglesia de su pueblo, recuerdo la frase de Nicolás Gómez Dávila:
Mis convicciones son las mismas que las de la anciana que reza en el rincón de una iglesia.
¡Quién podría imaginar que esa anciana hubiese sido una actriz erótica!
