Fernando Jauregui

De los de toda la vida

¿Es una crisis de Gobierno la sustitución de un ministro por otro? Claro que no. La llegada de Iñigo Méndez de Vigo y la salida de José Ignacio Wert resulta apenas un relevo en el Ministerio de Educación, al que no puede imprimírsele otra trayectoria, dado el escaso tiempo que resta para la disolución de las cámaras y la convocatoria de nuevas elecciones. Rajoy puede, pues, seguir presumiendo de tener el récord casi mundial de reticencias a una remodelación ministerial y a los cambios, en general. Todos saben que Méndez de Vigo entra en el Ejecutivo porque Wert hace tiempo que quería marcharse, especialmente desde que la que será su esposa a partir del próximo día 11 optó por irse a París para ocupar un cargo en la OCDE. Así que la única lectura política ‘profunda’ que puede hacerse es, me temo, que no hay lectura política profunda ninguna, excepto que se comprueba que Rajoy no está por dar pasos espectaculares, sino más bien al contrario.

Por lo demás, la elección de Méndez de Vigo, que no estaba en los mentideros de las quinielas de ministrables, tampoco resulta excesivamente sorprendente: es un personaje ‘de los de toda la vida’ en las áreas del PP, un profundo conocedor de los meandros europeos, un hombre conservador, de buen talante, que ha aceptado, es de suponer, el cargo como un honor y un servicio a la causa marianista. Más allá de vigilar la puesta en marcha de la LOMCE, que algunas autonomías de oposición ya han dicho que no piensan aplicar, el papel de Méndez de Vigo será terminar la Legislatura evitando algunas de las estridencias que hicieron célebre a su antecesor.

Resulta difícil criticar este nombramiento de Rajoy, como resultaba difícil atacar los nombramientos de la pasada semana en el partido. El presidente se va rodeando de gente amable, con buena presencia física, más joven que él –aunque Méndez de Vigo lo sea solamente por un año–, suficientemente preparada –el nuevo ministro de Educación lo está, y mucho, en cuestiones de su competencia– y mucho más simpática que él y que algunos de los ‘clásicos populares’.

Lo malo es el paso siguiente: la falta de contenido de los mensajes que tienen que lanzar los ‘nuevos’. No hay guión, simplemente. El «lo hemos hecho bien en economía, cambiando el signo del desastroso legado socialista» ya no vale. Y los nuevos portavoces del PP evidencian esa falta de repertorio, que, en el fondo, es una más de las consecuencias del horror que Rajoy siente por el propio concepto de ‘Cambio’. ¿Para qué cambiar si la cosa va bien? Y así andamos: cuatro sustituciones de ministros, por razones que nunca tuvieron que ver con novedades de programa o de estrategia, en cuatro años. Como balance –ya casi puede hacerse, se convoquen las elecciones cuando se convoquen– de Legislatura, no deja de resultar significativo.

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