Fernando Jauregui

¿Y si Rajoy tuviese razón en su desesperante estrategia?.

Hay gentes, a las que para colmo algunos miopes les acusan de oportunistas, que están en el centro de las tormentas sin moverse; todo gira a su alrededor, pero ellos, a base de quedarse quietos, parece que siempre sobreviven a los cataclismos y entonces se dice de ellos que son como el corcho, que siempre flotan. Yo diría que Mariano Rajoy es personaje clasificable en este grupo: ellos transitan por el mundo sin inmutarse, incluso cuando los suyos dan la voz de alarma: «¡que, a este paso, perdemos las elecciones!». Personalmente, me desespera la estrategia de Rajoy, que, en el fondo, más que una estrategia, es un modo de ser y estar en el mundo; el espectáculo de inmovilismo que ofreció el sábado en la clausura de la Conferencia Política del PP ha sido abundantemente recogido en los medios, en las tertulias, en las cenas veraniegas incluso de ‘fans’ de los postulados ‘populares’. Pero ¿y si, a la vista de lo que está ocurriendo, Mariano Rajoy tuviera, básicamente -el demonio está luego en los detalles, desde luego-, razón?

Lo digo porque hay gente cuyo batacazo final, tras dejar el mundo un poco peor de lo que lo encontraron, está cantado: Tsipras, o Artur Mas. Pero hay que saber cantarlo a tiempo, antes de que lo hagan los demás. Y, entonces, Rajoy se pone de perfil, no da paso alguno al frente, tampoco hacia atrás. Espera a que el fuego del infierno consuma a los confusos, a los de los «líos», a quienes, en suma, no comparten sus postulados. He criticado muchas veces el ‘inmovilismo rajoyano’ ante el conflicto catalán; pero ese conflicto se está convirtiendo por sí mismo en un esperpento, sin necesidad de que alguien le eche una mano a favor o en contra. A ver qué ocurre en este mes de agosto tremendo, previo al septiembre en el que tendrán lugar, o no, las elecciones anunciadas y aún no formalmente convocadas por Mas, que las perderá en cualquier caso, dando lugar a un caos que solamente puede beneficiar a Rajoy, premiado por el mero hecho de no haber movido un dedo. Como, presume él, ocurrió en lo del rescate económico de España, cuestión en la que, aunque a él no le guste reconocerlo, ayudó no poco, se sospecha, la mano, en este caso amiga, de la señora Merkel.

Vi a Rajoy seguro de que ganará las elecciones frente a Pedro Sánchez. Que es quien le preocupa, mucho más que el ‘aliado de Tsipras’ (en efecto: Pablo Iglesias) o el mundo machadiano, ‘ingrávido y gentil como pompas de jabón’ (con lo que, sin citarlo, quiso referirse al líder de Ciudadanos, Albert Rivera).

Había contento en el PP ante el terremoto que sacude a la izquierda que se sitúa convencionalmente a la izquierda del PSOE, ante el cisma en el centro que prácticamente ha acabado con UPyD: somos los únicos estables, vino a decir Rajoy, todavía dolido por el hecho de que alianzas a veces ‘contra natura’ hayan arrebatado el poder a alcaldes y presidentes autonómicos del PP, que ganaron el pasado 24 de mayo, pero que no gobernarán. Lo mismo que, ahora lo sabe bien, puede ocurrirle a él en diciembre, si es que es diciembre cuando se celebrarán las elecciones generales que solo él sabe cuándo se convocarán: puede ganar en número de escaños y, sin embargo, perder el poder.

O sea, que no le va a bastar con vencer. Como en su (bien) elegida alianza en Europa ante la ‘crisis griega’, donde ha apostado por un no demasiado alto perfil: que Merkel y Hollande se batan el cobre de la ‘troika’ contra Syriza. O como, cada día más previsiblemente, ocurrirá con la cuestión catalana, ahora que hemos descubierto que el secesionismo pierde terreno gracias a la mala cabeza de los propios secesionistas. Pero no basta con tener ocasionalmente razón, como digo: Rajoy necesita aliados. Y si quiere tener algún aliado -porque nunca ganaría con otra mayoría absoluta– tiene que convencer. No solamente de la bondad de sus recetas económicas, ahora que llega el gran debate de los Presupuestos adelantados.

Ahora tiene que convencernos a los escépticos, entre los que quien suscribe desde luego se cuenta, de que lo mejor es no reformar la Constitución, esperar a 2016 para ensayar incluso algunas tímidas reformas políticas (¿elecciones primarias? No, eso no, vade retro) y seguir apostando por esa paradoja que nos soltó el sábado, según la cual el cambio «es seguir haciendo lo que estamos haciendo». De momento, Rajoy ha ganado esta Legislatura, que ya declina, para esos postulados que implican moverse lo menos posible. ¿Podrá, con la actitud que nos mostró el sábado, mantener su ‘más de lo mismo’ en la Legislatura que viene, que ya todos piensan que será la del gran cambio? Muchos, incluso en el PP, creen que este que marcó el sábado, en contra de lo que muchos de los suyos susurraban en los pasillos y hasta dijeron en voz alta en los foros de trabajo, no es el buen camino. Claro que agosto es mes de reflexión, y es cuando se ganan o se pierden irremisiblemente unas elecciones tan importantes como las que vienen.

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