Fernando Jauregui

Los profetas del caos.

España, país donde el nacional-pesimismo es casi una forma de estar en la vida, abunda estos días en profetas del caos. No es que les falten razones, pero creo que les falta la razón. Se llenan algunos espacios de advertencias acerca de presuntas conjuras separatistas-extremistas de izquierda para derrocar el ‘Régimen del 78’, acabar con la Monarquía e instaurar quién sabe qué, entroncado con la situación que se vivió en 1934. Los indicios de tales conjuras me parecen insuficientes y quién sabe si producto de ignotos laboratorios conspiranoicos. Pero es cierto que, ante las amenazas que vienen, derivadas sobre todo de los intentos separatistas en Cataluña, se hace preciso un rearme político, no ideológico, sino estratégico. Y pienso que en las manos de Mariano Rajoy parece hallarse la mayor responsabilidad para lograrlo.

Confieso encontrarme entre quienes se desesperan ante los ritmos -o más bien la falta de ellos- rajoyanos. Da la impresión de que no pasa nada, pese a lo que dicen las encuestas, las urnas y las opiniones que cada día con más frecuencia e intensidad podemos leer y escuchar. No creo en conspiraciones bolcheviques, ni del separatismo, ni judeomasónicas, ni… Pero, hablando muy en serio, me parece un grave error el diagnóstico de que todo, o casi, va bien con una ciudadanía conforme con lo que tiene. Y el discurso de Mariano Rajoy clausurando la pasada semana la conferencia política del PP me parece, a la luz de las circunstancias que hoy vivimos, uno de sus mayores errores políticos: no se puede ir tan abiertamente contra los cambios en un país que reclama, necesita, no solo cambios, sino el Cambio. Decir que «el cambio es seguir haciendo lo que estamos haciendo» es casi una invitación a ahondar ese fatalismo que adorna a no pocos españoles, que constantemente se sienten ante el abismo, sin saber muy bien de qué abismo hablamos.

Por eso estimo imprescindible un giro en la política de Rajoy, que sigue siendo el político con mayor poder, y con más votos mientras nadie demuestre lo contrario, de España. Puede que sea ya cuestión de genes y que el presidente del Gobierno central sea incapaz de atajar su propia sangría de votos -que sería lo de menos_ y, lo que es más importante, esa depresión colectiva que hace que numerosos ciudadanos se sientan víctimas de un ‘fatum’ que nos condena a seguir con la misma tónica desilusionante con la que convivimos, sin ensayar otras formas de hacer y estar en la política.

Oigo a no pocos votantes, o ex votantes, ‘populares’ decir algo similar a lo que le hemos escuchado algunas veces al líder de Ciudadanos, Albert Rivera: al PP se le puede apoyar, pero a Rajoy, no. No estoy del todo de acuerdo; creo que a Rajoy hay que exigirle otras pautas de conducta, un giro copernicano en su actitud de pasotismo, de críticas a todo lo que se mueve excepto a él mismo y a su entorno. Pero está ahí, impasible el ademán, y nadie podría certificar que, pese a todo, no ganará las elecciones que convocará quizá para diciembre. Ganará, podría ser, pero seguro que, a este paso, no convencerá, y yo no quiero ver a mis conciudadanos acudir a las urnas tapándose la nariz.

¿Tiene el presidente un plan secreto para actuar en plan comando en Cataluña? ¿Una estrategia para vencer a Pedro Sánchez, que celebra ahora su primer año al frente del PSOE y que es su auténtico rival, y no Rivera ni Pablo Iglesias, que continúa desmintiéndose a sí mismo con un giro a posiciones centradas? ¿Posee Rajoy un discurso para entusiasmar a tantos españoles aburridos con esta política gubernamental? Lo vamos a ver en las próximas semanas, porque ya solamente quedan dos meses para que se celebren esas malhadadas elecciones catalanas, que son todo un desafío, sin que en Madrid parezca moverse ni una hoja. No sé si el presidente comprende que tiene que ser él quien gestione al menos el inicio de esa segunda transición en la que estamos, aunque él no crea que estemos en ella. Y no será lanzando tinta de calamar conspiratorio como logrará, atemorizando a los electores, mantenerse otros cuatro años en La Moncloa, apoyado por quién sabe quién. Puede que mi viejo olfato esté fallando, pero aprecio muy graves errores en la planificación de los estrategas monclovitas. Si es que, a estas alturas, todavía los hay.

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