Entre chapuzón y chapuzón, los partidos andan buscando candidatos entre profesionales de mérito

A más a más, más errores de Artur Más y otros más.

A más a más, más errores de Artur Más y otros más.
Artur Mas, líder de CDC. BC

Siempre he temido ese período entre finales de julio y finales de agosto. Cuando la mayor parte de la ciudadanía anda mirando hacia las playas, las montañas o se va al pueblo natal o al extranjero, quienes pueden hacerlo se dedican a cometer dislates desde el poder, dislates que son errores anunciados y de los que, por tanto, no se quiere dar cuenta cabal a los ciudadanos. Este año está siendo, a ese respecto, peor que nunca.

¿Cómo explicar, si no es por la agostidad y alevosía, el nombramiento de Wert como embajador ante la OCDE en las circunstancias que todos conocen, un ‘favor’ de Rajoy a su ex ministro que no ha dejado indiferentes ni a propios ni a extraños y que le costará caro?

¿Y cómo ese cese fulminante de Antonio Miguel Carmona como portavoz socialista del Ayuntamiento de Madrid, cuando Carmona se batió bravamente el cobre durante una campaña en la que, es cierto, discrepó de su jefe Pedro Sánchez en cuestiones tan fundamentales como la reforma de la Constitución?

¿Cómo, cómo, entender sanamente que unos Presupuestos sean factor fundamental en el inicio de una campaña electoral? Y, de lo de Artur Mas en este mes de agosto, antesala del tremendo septiembre, ya ni hablamos.

O, mejor, sí hablamos…

Así que hablemos, para no ser originales, una vez más de Mas, que es la serpiente, real, de este verano. Artur Mas puede que, si vence, que es probable que venza, repita como president de la Generalitat.

Lo haría pese a todo. Es decir, obviando las diferencias ideológicas en el seno de su lista única, encabezada por un comunista, dos burgueses que se llaman sociedad civil y son dirigentes de partidos encubiertos, por él mismo y por su no tan socio Oriol Junqueras, de Esquerra, el partido que ha precipitado todas las desgracias de los catalanes desde los años treinta del pasado siglo. Hay muchas más cosas que Mas va a obviar: el repudio internacional a su proyecto; la orfandad en la que van a quedar las exportaciones catalanas al resto de España; los inconvenientes, por decirlo de manera suave, de una ruptura con ese resto de España; la corrupción política nunca denunciada ni solventada -claro, todos son parte de ella–, y el obvio fraccionamiento de una sociedad, la catalana, a la que se sitúa, a base de proclamas patrióticas, entre el caos y el abismo.

Mal agosto este de Mas, que me dicen que, pese a todo, está eufórico porque ha puesto los nervios del Estado a flor de piel. Como si ello no tuviera un coste: Mas cree que, con los resultados electorales del 27-s en su mano, su posición negociadora con el Gobierno central -quizá con ‘otro’ Gobierno central- se cotizará al alza, porque sabe que, desde luego, la independencia no la va a conseguir.

Por lo menos, hay que reconocer que la pirueta de Mas, que no puede salirle del todo bien, está sirviendo para horadar a Mariano Rajoy, con el que no tiene ni sintonía ni ganas de tenerla.

Pero ya es tarde para propiciar sustituciones en la cabeza de candidatura del PP, y menos aún porque Mas lo quiera. Rajoy se va a presentar y hasta es posible que gane, pero altamente improbable que gobierne, porque nadie está dispuesto, dicen los demás, a darle su apoyo: puede que apoyen, incluso Pedro Sánchez, al PP, pero al ‘otro’ PP, al que está naciendo bajo el actual, de Púnicas y desgastes .

Y será el próximo presidente del Gobierno quien negocie el futuro con Cataluña, ese futuro que se condicionó en el pasado, con Zapatero-Maragall-Montilla, y en el presente, con Rajoy sordo y mudo limitándose a decir que «Cataluña no saldrá de España ni de Europa».

No sé si el presidente del Gobierno central es consciente de lo que se juega personalmente con Cataluña. Nada menos que la supervivencia política si todo sale mal, y es muy difícil, ya digo, que salga todo bien, tanto para los intereses del Estado como para los intereses de la actual Generalitat. Y se juega Rajoy hasta su puesto en la Historia.

Bueno, de momento, tras el encuentro con el Rey en Marivent, siguen las vacaciones oficiales del Ejecutivo, como si aquí no estuviese pasando casi nada. Que trabaje Montoro, hala. Claro que los nervios se notarán al regreso. La mayor parte de nuestros dirigentes políticos anda medio vacacionando, de Cádiz -Doñana- a las Rias Baixas.

Como si no faltase un mes y poco para la Diada, que iniciará una aturullada campaña electoral en Cataluña, y todo será como una especie de primarias para las elecciones generales del 13 ó el 20 de diciembre.

Entre chapuzón y chapuzón, los partidos andan buscando candidatos entre profesionales de mérito y creo que hasta algún destacado televisivo ha sido contactado para encabezar una lista en provincias. Porque todos piensan en La Moncloa, y no en Sant Jaume, que es un nudo gordiano que a saber cómo se desatará.

Lo lógico sería que primero, en septiembre, se diera un tajo de estadista a ese nudo catalán y después se pensara en cómo salir del lío político que serán los resultados de los comicios de diciembre. Y todo ello habrá de hacerse en el tiempo récord de cinco meses, o algo menos.

Cinco meses en los que este país, con Cataluña incluida o incluso en primer lugar, va a dar un vuelco notable. Habrá que buscar fórmulas inéditas: pactos notables, incluyendo el de gran coalición presidida por alguien que no sea Rajoy; definiciones desconocidas, como la de la desigualdad de las autonomías, que implicarán un trato diferente a las mismas a la hora de la financiación; reformas constitucionales que vayan mucho más allá de un retoque al Senado.

Y todo ello debería quedar trazado ya, antes de los comicios de diciembre, mientras aún sea tiempo de negociar razonadamente el porvenir con algunos planteamientos secesionistas irracionales. Y, claro, mientras aún sea tiempo de recobrar la confianza de los ciudadanos, que me parecen espantados ante el espectáculo que imaginan que van a vivir.

Tras conocer el último sondeo del CIS, parece claro que los ciudadanos aún confían -menos que antes, obviamente- en las formaciones políticas tradicionales para que saquen las castañas del fuego. Pero confían muy poco en sus gobernantes de ahora. Y esa es precisamente la cuestión.

Una cuestión de personas, o sea de ideas, es decir, de programas, por tanto de actitudes y actividades. Ese diagnóstico solamente admite una predicción de futuro: quienes nos gobiernen, dentro de menos de seis meses, no serán los mismos. Ni podrán gobernar como nos gobernaron hasta ahora. No Más errores veraniegos. Ni navideños.

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