Fernando Jauregui

Confusión total a 600 kilómetros.

Es de cajón: la falta de claridad en la exposición facilita el desentendimiento. Siempre pensé que este axioma tan poco controvertible es el responsable, junto con el fanatismo y la mala voluntad, de la mayor parte de la falta de sintonía entre Cataluña y el resto de España, que no es, por cierto, cosa ni de ayer, ni exclusiva de Artur Mas/Rajoy: lea usted los artículos de Ortega y Gasset en ‘El Sol’ (1919) y verá cómo es este un conflicto que, cambiando algunos nombres, se reproduce casi miméticamente por períodos de tiempo. Sin embargo, acepto la calificación de mi buen amigo Angel Juanes, vicepresidente del Tribunal Supremo, que considera «peligrosa» la situación que las elecciones del 27 de septiembre -estamos a cinco semanas- pueden generar en Cataluña y, claro, en el resto de España. Porque quizá, desde 1934, con la fallida creación del Estat Catalá, que acabó como acabó, no se había producido una tal tensión entre los seiscientos kilómetros que separan a Barcelona de Madrid, por poner dos puntos de referencia.

Y, sin embargo, esa falta absoluta de claridad, que implica una notable confusión en las ideas, puede hacer que todo este lío, como diría Rajoy, acabe en una ópera bufa, lo que tampoco deja de ser un riesgo. Que el ‘socio’ de Mas, Oriol Junqueras, actual responsable de esa Esquerra Republicana de Catalunya que ha sido la causante de tantas desgracias para los catalanes, sea tildado de conspirar para evitar que el actual president de la Generalitat vuelva a serlo en caso de que la lista común alcance la victoria, no deja de ser curioso. Muy curioso. Como que el cabeza de esa lista unitaria, un tipo que era semi desconocido, diga primero que Artur Mas no tiene por qué ser el próximo president, y luego, presionado, se desdiga y asegure que sí, que ha de ser el president; eso no genera precisamente gran seguridad acerca de lo que vaya a pasar, en caso de que llegue al Gobierno, con esa ‘coalición unitaria’ en la que figuran ex comunistas, gentes del Opus Dei, conservadores de Convergencia, izquierdistas republicanos, monjas cojoneras -dicen ellas–, cantantes y entrenadores de fútbol. Esa amalgama hace imposible gobernar no ya una nación, sino una comunidad autónoma, que es lo que es, y seguirá siendo, con sus peculiaridades, Cataluña.

Claro que en el otro lado, el del antisecesionismo, también cuecen habas diversas. Duran i Lleida, de Unió, una de las cabezas políticas mejor amuebladas de Cataluña, junto con el convergente Miquel Roca -que se mantiene en un expresivo silencio desde la esplendidez de su bufete, aunque todos sabemos que independentista, desde luego, no es- propone ahora algo que ya propuso el ‘padre de la Constitución’ Miguel Herrero de Miñón: una disposición adicional –¿o transitoria?- en la Constitución que reconozca las características propias de Cataluña. Pero ya el portavoz de Mas, Francesc Homs, persona conocida por su escasa flexibilidad política, ha dicho que es tarde para cualquier reforma de la carta magna española. Aunque hemos oído, a micrófono semicerrado, decir a otros personajes de Convergencia Democrática que aún es posible la negociación ‘con el Estado’ una vez que las elecciones hayan dado la victoria, que a este paso se la darán, al ‘juntos por el sí’ que encabeza el personaje Romeva.

Y digo que es más probable la victoria de la ‘lista Romeva’ -perdón, Junqueras; perdón, Más- porque en el bando de enfrente, más allá de la iniciativa, que merece ser estudiada, de Duran i Lleida, no se va más que un paisaje de secarral: el PSC siembra la confusión con sus alianzas de futuro y con sus diferentes postulados internos; el candidato del PP utiliza un lenguaje guerrillero; Ciudadanos calla inexplicablemente. Y los que representarían a Podemos no nos aclaran, sino que más bien nos oscurecen, si, en un momento dado, se aliarían en un frente contra la independencia en el caso de que un cincuenta y uno por ciento del Parlament quisiera imponerla. Súmese a todo eso que figuras cuya voz necesitaríamos oir al respecto, como la propia alcaldesa de Barcelona, o algunos escritores y artistas, o ciertos empresarios y financieros, parecen haber echado cuerpo a tierra, para entender la confusión palpable en una sociedad a la que sus organizadores tienen que urgir para que acudan lo más masivamente posible a la Diada, el 11 de septiembre, que es cuando, de paso, Mas ha decretado que comience la campaña electoral ‘oficial’.

Desde ese 11-s, todo van a ser arengas patrióticas, gritos de combate, amenazas y desencuentro total, mientras los trenes que chocarán avanzan a toda velocidad sin que las fuerzas políticas a escala nacional hayan sido capaces de alcanzar pacto alguna hasta este instante. Desde aquí, a seiscientos kilómetros del foco del incendio, aunque sabiendo que también acabaré quemándome, me sumo a tu tono pesimista, estimado Angel Juanes. Y conste que ambos nos hemos definido como casi optimistas antropológicos… en el pasado.

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