Fernando Jauregui

Cuatro meses que de veras cambiarán España.

Empieza, ya mismo, el curso político. Que no va a ser un curso político cualquiera. Estos cuatro meses que ahora se inician, hasta finales de diciembre, están destinados a cambiar España casi tanto como cuando las Cortes constituyentes de 1977. Casi tanto como cuando la victoria del PSOE en 1982. No recuerdo un aroma semejante, una llamada tan insistente a iniciar una nueva transición política, como en este último día de agosto de 2015, cuando los representantes de la ciudadanía saben, deberían saber, que no pueden desgastarse diciendo más de lo mismo, con las proclamas y las actitudes de siempre. Eso ya no sirve.

Los periódicos de este domingo se llenaban ya de proclamas -Felipe González, Josep Antoni Duran i Lleida, Rajoy en Soutomaior- advirtiendo, con mayor o menor dureza, de lo que podría ocurrir en el caso de que, en este mismo mes de septiembre, ganase una convocatoria independentista las elecciones autonómicas -plebiscitarias- catalanas. El diálogo con Artur Mas, como constató el Rey y nunca quiso constatar Rajoy, está roto, pero habrá que reanudarlo de una u otra forma; el consenso entre las fuerzas políticas, incluso entre aquellas que muestran muchas similitudes en la parte fundamental de sus programas, parece hoy imposible, aunque no lo será a finales de este mes que comienza. Quiero decir que este cuatrimestre, que desembocará en unas elecciones generales que tendrán mucho de inédito en sus contenidos y en sus participantes, será el del gran pacto o será un desastre de consecuencias imprevisibles.

Todos se preguntan qué tiene que ocurrir ya, una vez que, con una década de retraso, ha estallado el ‘escándalo del tres por ciento’, para que el cuerpo electoral catalán perciba el gran fraude de la propuesta independentista. Yo figuro entre quienes, con la escasa fiabilidad de las encuestas en la mano, creen que los diferentes ‘noes’ al independentismo acabarán ganando, en su globalidad, al ‘juntos por el sí’. Por muy poco margen, y abriendo el fantasma de la ingobernabilidad -también la victoria del ‘junts’ haría sobrevolar ese mismo fantasma- sobre la surrealista política catalana. Casi da lo mismo quién gane: la brecha profunda en la sociedad catalana está asegurada. Y tardará muchos años en cerrarse, si es que se cierra, y ni siquiera podremos atribuir toda la responsabilidad a la cada vez más triste figura de Mas: han sido muchas décadas de errores, desde Barcelona y desde Madrid.

Así que tendrá que ser el Estado quien cierre la herida. Y el Estado somos todos, desde el Rey, que tendrá que jugar un papel creciente en la reformulación territorial y moral del país, hasta usted y yo, es decir, la mera sociedad civil, que habrá de mostrar, una vez más, flexibilidad, generosidad y disciplina para arreglar los entuertos que vienen de mucho antes de la aprobación de la Constitución ‘autonómica’ en 1978. Y, claro, el Estado son también , que no exclusivamente, los partidos políticos: el Popular, que no quiere ni oír hablar, ya nos queda claro, de la reforma imprescindible de la Constitución; el Socialista, cuyo líder se desdibuja hoy en tierras americanas, a saber buscando qué Eldorado; Ciudadanos, el complemento imprescindible para quien quiera gobernar; Podemos, que quién sabe por dónde acabará saliendo; Izquierda Unida -aah, Podemos-IU con un liderazgo como el de Alberto Garzón, en lugar de Pablo Iglesias, cambiaría mucho el panorama de la izquierda- y los demás. ¿Es que no entienden que habrá de darse un consenso básico en torno a cuestiones fundamentales?¿Que la próxima Legislatura va a ser, sí o sí, la de las grandes reformas, incluyendo la constitucional, y eso requiere que sea la de los grandes pactos?

Les quedan, nos quedan, cuatro meses para preparar esa era que culminará la segunda gran transición española. Que debe incluir imaginación para incardinar definitivamente a Cataluña, con la fórmula que sea -que las hay-, a donde siempre perteneció, es decir, a España; y claro está que eso no se hará sin importantes transformaciones jurídicas, sociales, económicas. Es mucho lo que se puede ofrecer a los catalanes para que abandonen la vía loca, muy loca, trazada por Mas. Lo que no entiendo es que, más allá de la presencia de la Guardia Civil en la sede de Convergencia, que tanto ha abonado las tesis más conspiracionistas de CDC y sus aliados, aún no haya comenzado esa ofensiva del Estado que debe consistir en mucha más zanahoria que palo, en mucha mayor presencia exterior repudiando en público, como ya se hace en privado, el secesionismo catalán -a ver qué nos dice Merkel este lunes, cuando se encuentre con Rajoy–.

Y, claro, tampoco se entiende que aún no se haya producido una toma de posición seria de los líderes políticos, comenzando por quien aún goza de mayoría absoluta en las cámaras legislativas, ofreciendo lo que se puede ofrecer a los habitantes de un territorio que en su mayoría aún quieren, estoy convencido, seguir siendo españoles, aunque sea a su manera. Y no será solamente recibiendo en La Moncloa a todos los presidentes autonómicos, excepto al ‘cabecilla rebelde’ Artur Mas, como se llegue a una solución, aunque bueno es que todos hablen con todos y se ‘retraten’ en sus posiciones más o menos egoístas. Es el momento de ejercer liderazgos, de exponer ideas, de tender manos, de no excluir a nadie de los acuerdos, ni al PP, ni siquiera a Bildu. A nadie. Comienza, esperemos, el espectáculo.

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