Pedro Calvo Hernando

Hacia la gran frustración

A medida que pasan estos primeros días del nuevo curso político, crece la sensación y/o la convicción de que los españoles nos encontramos inmersos en un galimatías político como no recuerdan los tiempos. Ahora mismo, con el acento de la incertidumbre por las elecciones catalanas y por los manejos del presidente Rajoy y su Gobierno en torno a las elecciones generales y su fecha. David Cameron, Felipe González, Artur Mas y Pedro Sánchez vienen protagonizando las diversas posiciones sobre el 27-S en unos términos tan contrapuestos y enrevesados y que no es mucha su utilidad práctica, al anularse unos a otros. Creo que es el líder del PSOE quien más acierta al optar por la reforma constitucional en la que debe figurar el reconocimiento de Cataluña como nación y la misma posibilidad para otras comunidades históricas. Los políticos piensan mucho en sus intereses partidistas y no tanto en clarificar un clima excesivamente enrarecido y de forma creciente a medida que transcurren los días.

En la cuestión del independentismo catalán se hace y se dice de todo menos de lo más necesario: la urgencia de emprender o recuperar un diálogo real y sensato entre los grandes contendientes para evitar una inmensa frustración colectiva que ya asoma por el horizonte. Todos se pasan en su descalificación de los demás. Nadie se esfuerza en coger el toro por los cuernos y entrar en un terreno de debate limpio y respetuoso con los adversarios. Si no cambian radicalmente de actitud, caminamos hacia ninguna parte y vamos penetrando en el tramo de lo irreversible. Es un disparate tanto la independencia de Cataluña como la actitud de la derecha ante las exigencias de los secesionistas. Nunca me sentí más lejos de la actitud de dos sectores contendientes como en esta ocasión. La independencia no puede producirse por razones no solo legales sino sobre todo de sentimientos y racionalidad. Y el comportamiento del Gobierno y adláteres es un seguro de descarrilamiento y de enfrentamiento sideral.

Y Mariano Rajoy, mientras tanto, no sabe hacer otra cosa que ese intento de condicionar el resultado de las generales sacando partido de los datos de empleo, importándole un pepino que tales manejos supongan una real burla al funcionamiento de la soberanía del pueblo, que tiene que traducirse en decisiones motivadas por la limpieza política, el servicio al bien común y el respeto a la ciudadanía. El 20 de diciembre no es fecha para elecciones y eso lo sabe todo el mundo. Rajoy el primero.

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