AndrŽs Aberasturi

La política sanitaria de mal en peor

Es prácticamente imposible escapar de ese viento huracanado en el que se ha convertido el asunto catalán; ni siquiera el drama que viven los que demandan asilo político en la Unión Europea, que han aumentado en un 85 por ciento, desbanca de los titulares y las tertulias lo que pueda pasar el 27-S. Y uno, que intenta seguir en el limbo de la objetividad -nada que ver con la equidistancia que al final no es más que una coartada-, sigue sin entender la mitad de las cosas que pasan en este mundo y en esta España.

Pero volver a insistir en el tema resulta ya cansino y todo lo que se podía decir supongo que está inútilmente escrito porque las mentiras y las pasiones siguen en pie y vuelven una y otra vez a repetirse. A muy pocos les preocupa la que se avecina en la sanidad española cuando el año que viene desaparezca, según los Presupuestos del Estado, el llamado Fondo de Cohesión Sanitaria que compensaba a las CCAA que daban atención a pacientes residentes en otra comunidad. A partir de 2016 este sistema deja de existir y serán las propias CCAA las que se paguen entre ellas por los servicios prestados. Lo que faltaba.

Si no bastaba con el caos de tener 17 tarjetas sanitarias con 17 sistemas diferentes y hasta 17 formas de poder comprar -o no- un medicamento en una farmacia, llegan ahora los nuevos presupuestos y se lavan las manos sobre un asunto tan delicado como es la salud y los hospitales de referencia.

Ya era un calvario absurdo la no unificación de las tarjetas sanitarias y ese baile maldito de tener que empadronarse allá donde estuvieras para ser atendido con la dignidad que cualquier ciudadano merece; ni se imaginan los que no han padecido estos sinsentidos burocráticos los problemas que se plantean a los enfermos crónicos, por ejemplo, que tiene que darse de alta como «desplazados» para ser atendidos en otra comunidad que no sea la suya. «Desplazados» -no hay más remedio que entrecomillar este eufemismo- en su propio país mientras -con razón- se trata de igualar la atención medica en cualquier punto del estado para los inmigrantes y refugiados.

Ni se imaginan quienes no han vivido la experiencia lo que supone el traslado de un enfermo a un hospital de otra comunidad: permisos, esperas, papeles, más permisos, discusiones por quién «pone» la ambulancia»… algo verdaderamente delirante. Pues esto no sólo no se va a arreglar sino que partir del año que viene se va a complicar aún más.

Los casos son sangrantes, las historias personales resultan increíbles y los que padecen enfermedades de las llamadas «raras» saben de lo que escribo. Pero no sólo ellos. Toledo no puede ser un sueño casi inalcanzable para los parapléjicos de España ni el Hospital del Niño Jesús de Madrid el clavo ardiente de críos con epilepsia. Pues eso pasa y aun va a pasar más desde el año que viene. La política sanitaria parece que sólo entiende de números y que sólo los números le preocupan; los números y un estúpido sentimiento de inferioridad cuando argumentan que «aquí (donde sea) se puede tratar también su caso». No es verdad y ellos lo saben, saben que en determinadas enfermedades hay hospitales de referencia, especializados, y que hemos pagado entre todos, todo. Y no sólo están en Madrid y Barcelona.

Es lamentable que las dichosas tarjetas sanitarias por comunidades estén creando tantos problemas y lo único que se les ocurre ahora sea -digan lo que digan- agudizar aun más esos problemas. Desde hace casi 15 años se viene prometiendo la unificación de la atención sanitaria. La última fue la ex ministra Ana Mato. Pues ya se ve que no: o no hay el menor interés o hay demasiado dinero en juego. ¿Hasta cuando habrá que resignarse a seguir siendo «desplazados» en nuestro propio país?

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